Adopción real

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2 Samuel 9.

Tal vez piensas que las historias de menesterosos que se convierten en príncipes sólo ocurren en los cuentos. Pero la Palabra de Dios nos habla de Mephiboseth, un hombre que llegó a ser príncipe. ¿Cómo sucedió esto? Fue adoptado por el rey de Israel.

EN AMOR INCONDICIONAL, “Y envió el rey David, y tomólo de casa de Machir hijo de Amiel, de Lodebar” (5)

Después que David con la gracia de Dios alcanzó la estabilidad civil del reino de Israel, hubo paz y tuvo tiempo para atender los pendientes. Preguntó si había quedado alguno de la casa del rey Saúl, su antecesor, a quien hiciera misericordia.

Respondieron al rey que quedaba Mephiboseth, hijo de Jonathán, nieto de Saúl; pero que se encontraba lisiado de ambos pies, es decir, no podía caminar. El contexto de la Palabra de Dos nos dice que cuando este personaje era un bebé, su nana lo tiró, entonces se fracturó y quedó sin la posibilidad de caminar por el resto de su vida. La condición de Mephiboseth no impidió que David hiciera misericordia con él; pues el amor de David hacia Jonathan y su familia era incondicional.

De igual manera, todo hombre se encuentra incapacitado en su vida espiritual. Su alma carece de deseo de Dios y de sensibilidad a la voz del Señor por causa del pecado (Efesios 2.1). Ningún hombre puede hacer algo por sí mismo para resolver esta situación. Sin embargo, aun cuando somos pecadores, Dios nos ama y nos dio a su Hijo Jesucristo para que todo aquel que en Él cree, no se pierda mas tenga vida eterna (Juan 3.16).

POR UN PACTO DE VIDA, “Y díjole David: No tengas temor, porque yo a la verdad haré contigo misericordia por amor de Jonathán tu padre…” (7)

David no se limitó a dar una ayuda mensual a Mephiboseth para que supliera sus necesidades. Lo trajo a vivir a su palacio. Fue el cumplimiento de un pacto o promesa hecha a su gran amigo.

Tiempo atrás David y Jonathán hicieron un pacto. Jonathán prometió a David cuidar su vida, si se enteraba que Saúl su padre quería matarlo, se lo revelaría. Le pidió a David que cuando Dios le diera el reino de Israel, cuidara de su familia. Jonathán cumplió su parte del pacto, le correspondía ahora a David cuidar de la familia de su amigo.

Dios también ha hecho una promesa de vida. Su Palabra dice que si creemos en su Hijo Jesucristo como nuestro Salvador, seremos salvos (Hechos 16.31). Dios lavará y perdonará nuestros pecados, nos unirá a Él y dará herencia eterna en los cielos.

COMO HIJO, “…Y Mephiboseth el hijo de tu Señor comerá siempre pan a mi mesa” (10)

David no quería que Mephiboseth viviera en su palacio como un siervo, criado o un invitado. David deseaba que él fuera su familia, de tal manera que lo adoptó.

Mephiboseth había estado en Lodebar, un lugar desértico, marginado, hostil, fue llevado allí para darle “seguridad”. Cuando llegó al palacio de David, tuvo temor. Es posible que pensara que el rey quería deshacerse de él. Por eso se declaró siervo de David. El rey de dijo que no tuviera temor, porque haría misericordia con él, regresándole sus tierras y dándole un lugar en su mesa para que comiera siempre con él.

Todas las personas que creen en Jesucristo como su Salvador son adoptadas por Dios (Juan 1.12). El Señor las recibe como hijos amados. Los hijos de Dios disfrutan de su presencia permanente, amor, transformación a su imagen, cuidados, provisión oportuna, disciplina, consuelo, guía y de un lugar en su familia para siempre.

Estimado:

¿Cómo esta su corazón? ¿Se siente en pobreza espiritual, como un menesteroso que no tiene paz, gozo, ni amor? Si está en un Lodebar espiritual, apártese de sus pecados y crea en Jesús como su Salvador. Él le hará hijo de Dios, rey y sacerdote. Dios le bendecirá en esta vida y le dará una morada en su reino eterno.

Mephiboseth, fue lisiado de sus pies hasta que Dios lo llamó a su presencia, siempre tuvo que depender de David. A todos los creyentes en Cristo, nos acompaña una cojera espiritual, ya que aun no somos perfectos. El Señor permite esta condición para que siempre dependamos de Él, por medio de la oración, lectura de su Palabra, el canto y otros medios de gracia. Ser un hijo de Dios implica una vida de comunión estrecha con Él.

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