Templos del Espíritu Santo

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1 Corintios 6.18-20. 

  1. Huid la fornicación. Cualquier otro pecado que el hombre hiciere, fuera del cuerpo es; mas el que fornica, contra su propio cuerpo peca.
  2. ¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros?
  3. Porque comprados sois por precio: glorificad pues á Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios.

 El templo es el inmueble consagrado a Dios. La iglesia es la comunidad de personas redimidas por Jesucristo. El templo no es la iglesia; pero los cristianos sí somos templos, pues el Dios Trino y Uno habita en nuestro corazón. San Pablo nos enseña que somos templos del Espíritu Santo. Veamos lo que esto significa.

EN LIMPIEZA, 18.

Huir del pecado. A nadie le gusta estar en un lugar sucio. Debemos ofrecer a Dios nuestra vida para que sea su templo, pero debe ser un recinto limpio, digno de Él. Para mantener nuestro templo en limpieza tenemos que huir del pecado. No debemos enfrentar al pecado, ni tomar el riesgo de jugar con las tentaciones; ya que los restos de corrupción que quedan en nuestra vida nos hacen susceptibles de pecar. La Palabra de Dios nos exhorta a huir de la fornicación y desde luego de otros pecados. Por ejemplo, si te quedas solo con una compañera de trabajo que te atrae, debes alejarte de esa situación, antes de caer en pecado.

De los pecados fuera del cuerpo. La desobediencia a la Ley de Dios es pecado, y todo pecado merece la ira y castigo del Señor. Sin embargo, algunos pecados tienen más agravantes y consecuencias destructivas. En algunos pecados hay una participación mayor de nuestro espíritu, por ejemplo, los malos pensamientos, los planes malvados, las malas palabras, el chisme, las mentiras, la envidia, el odio, la soberbia, la falta de amor. Debemos evitar estos pecados porque ensucian nuestro templo.

De los pecados contra el cuerpo. Otros pecados se cometen con una mayor participación del cuerpo. Por ejemplo, el adulterio, la fornicación, el alcoholismo, la drogadicción, la glotonería. Estos pecados tienen mayores agravantes si los comete un cristiano. Primero, porque el pecado está en aquel que sabe hacer lo bueno y no lo hace, Santiago 4.17. Segundo, porque quien comete estas infracciones a la Ley de Dios ensucia el templo del Espíritu Santo, contamina su casa. ¿Cómo nos sentiríamos si alguien hace algo malo, y además lo realiza en nuestra recámara? Debemos huir de los pecados que destruyen el templo del Señor.

 PROPIEDAD DE DIOS, 19,20 a.

Porque fuimos llamados por el Espíritu del Señor. Nuestra vida le pertenece a Dios porque fuimos llamados a la vida eterna por el Espíritu Santo. Él transformó nuestro corazón de piedra a uno de carne, nos dio vida espiritual, nos llevó al arrepentimiento de pecados, nos dio fe para creer en Cristo como nuestro Salvador, nos justificó, adoptó como hijos de Dios, nos santifica y ha de glorificar.

Ya no somos nuestros. En este sentido el apóstol Pablo dijo: Vivo ya no yo, sino Cristo en mí, Gálatas 2.20. Se dice que cuando Martin Lutero solía contestar a los que le llamaban: “aquí no vive el hermano Martin, aquí vive Cristo”. Somos templos propiedad de Dios, por lo tanto, no podemos negarnos a Él. Debemos vivir para el Señor, dispuestos a dar con amor lo que Él requiera de nosotros.

 Porque fuimos comprados por Cristo. También pertenecemos a Dios porque Él nos dio a su Hijo Jesucristo quien nos libro de nuestra deuda de pecados. Teníamos una deuda impagable con el Señor por no cumplir con su Palabra. Jesús pagó con su muerte y resurrección toda nuestra deuda. Él nos compró para darnos libertad. En gratitud debemos vivir consagrados al Señor. Ya no se trata de nuestra vida, planes o deseos; sino de lo que Dios nuestro Redentor desea para nosotros.

PARA LA GLORIA DE DIOS, 20 b.

En alma y cuerpo. El neoplatonismo explica que el cuerpo es sólo como un envase del alma. Pero Dios nos creó de manera perfecta, nos dio cuerpo y espíritu. Tenemos dos elementos unidos a la perfección. Por eso en los momentos de tristeza, el cuerpo nos delata. Si pasamos por una enfermedad física, nuestra alma se aflige. Las Santas Escrituras nos enseñan que debemos glorificar a Dios con nuestro espíritu y cuerpo.

 Debemos cuidar la salud. Para glorificar a Dios con nuestro cuerpo, debemos realizar actividades que sean agradables al Señor, por ejemplo, desempeñar un trabajo honesto, servir y ayudar a los demás. Pero también es necesario cuidar nuestra salud, para dar a nuestro Dios un templo en buen estado. Debemos procurar una alimentación saludable, acudir al médico para las revisiones correspondientes con el fin de prevenir enfermedades y realizar ejercicio.

 Porque somos el cuerpo de Cristo. En el Antiguo testamento, Dios estableció leyes para el cuidado de la salud de su pueblo, por ejemplo, el día de reposo y la prohibición de comer animales impuros. Israel debía ser el testimonio al mundo de ser pueblo del Señor en su vida espiritual y física. Como el cuerpo de Cristo, también debemos glorificar a Dios con nuestra adoración fiel y un cuerpo saludable.

 Hermanos:

Algunos hermanos enfermos se preguntan por qué vino la enfermedad a su cuerpo, si siempre cuidaron su salud. San Pablo como judío, cumplió las leyes sanitarias del Señor, sin embargo, Dios permitió un aguijón en su carne, para mantenerlo en humildad, 2 Corintios 12.6-10. A veces el Señor permite enfermedades por propósitos especiales que Él tiene para nuestra vida.

Un día, Dios nos dará un cuerpo incorruptible, que no será afectado por la enfermedad, envejecimiento ni muerte. Entre tanto, es nuestro deber cuidar de nuestro espíritu y cuerpo, para que el Señor more en un templo en buen estado.

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