La Palabra del encargo

“LA PALABRA DEL ENCARGO”

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“ENTONCES JESÚS, CLAMANDO A GRAN VOZ, DIJO: PADRE, EN TUS MANOS ENCOMIENDO MI ESPÍRITU. Y HABIENDO DICHO ESTO, ESPIRÓ”, Lucas 23.46.

Los sacerdotes levitas realizaban los sacrificios diarios a las 9:00 y 15:00 horas. El Señor Jesucristo fue crucificado entre estos sacrificios. Fueron seis horas de terribles agonías físicas y espirituales, hasta que a las 15:00 horas, en el tiempo del sacrificio de la tarde, el Señor dio su Espíritu. La Palabra de Dios nos dice que la paga del pecado es la muerte, y esto es lo que nuestro Salvador sufrió en la cruz. Jesucristo estuvo desamparado de su Padre, así padeció la separación de Dios que nosotros merecíamos por nuestros pecados. También pasó por la muerte física, es decir, la separación de su cuerpo. En los últimos momentos de su obra expiatoria en la cruz exclamó la Séptima Palabra, que llamaremos la Palabra del Encargo.

 ANTES DE SU MUERTE.

En humillación.El Señor sabía que se acercaba el momento cumbre de su humillación, su muerte. La cruz había sido cruenta y vergonzosa, Él fue crucificado desnudo, como solía hacerse cuando se ejecutaba este castigo. Pero la muerte, fue un acto tremendo de humillación; porque Jesucristo es el Dios de la vida; sin embargo, Él murió en la cruz.  El Señor tuvo a bien humillarse y morir en nuestro lugar para cumplir la Ley de Dios que demanda la muerte del pecador, Romanos 6.23. Así nuestro Redentor cumplió todos los requerimientos de la justicia divina, y por medio de Él somos justificados o perdonados de nuestros pecados.

De manera extraordinaria.Jesucristo no murió de forma ordinaria, lo hizo con humildad, pero también con poder, pues dio su vida de manera voluntaria, nadie se la quitó, Juan 10.17,18. El Señor nos dice que Él tiene poder par poner su vida, y para volverla a tomar. Por esto mismo en la cruz con gran voz, no con debilidad, dijo: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Luego inclinó la cabeza, y expiró, Juan 19.30. Cuando una persona muere las cosas suceden de forma invertida. Pero nuestro Señor inclinó primero su cabeza, y luego murió, para que entendamos que él quiso humillarse y dar su vida por nosotros.

Confirmada por las autoridades.  Las Escrituras nos enseñan que cuando José de Arimatea pidió a Pilato el cuerpo de Jesucristo, él se maravilló de que Jesús ya había muerto, pues los crucificados permanecían vivos por algunos días en la cruz. La ley romana impedía que el cuerpo de los crucificados fuera bajado y sepultado, debían permanecer en la cruz para ser devorados por las aves o animales de rapiña. Sin embargo, Pilato concedió el cuerpo a José, esto significa dos cosas: 1. Jesús había muerto realmente. 2. Como Pilato no aplicó la ley, ya que entregó a Jesús a muerte siendo inocente, ahora para “calmar” su conciencia, permitió la sepultura del cuerpo del Señor. Qué hermoso es ver a Dios obrar en con su providencia para cumplir su plan salvador.

AL PADRE CELESTIAL.

Para estar con Él.Llamamos a la Séptima Palabra, la Palabra del Encargo, porque el Señor encomendó su Espíritu al Padre. Mientras Jesucristo pagaba nuestros pecados, al estar separado de su Padre, tuvo que dirigirse a Él diciéndole Dios, “Dios mío, Dios mío..”, Marcos 15.34. Pero ahora le vuelve a decir: “Padre”; qué alivio para el Señor, se acercaba el momento de estar nuevamente en comunión con Él. Esta Palabra nos enseña que nuestro Redentor después de morir fue al cielo, para estar con su Padre. Así cumplió la promesa que hizo al malhechor arrepentido: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”. Cuando el ladrón arrepentido, murió, lo cual sucedió después, Jesús ya le esperaba en el reino celestial.

Para retornar. Por otra parte, el Señor encargó su Espíritu a su Padre, porque habría de regresar para resucitar y vencer la muerte. Así culminaría la obra de redención y nos daría garantía de vida eterna en Él. Cuando el Credo de los apóstoles dice: que el Señor descendió a los infiernos; quiere decir que su cuerpo descendió al sepulcro; infierno se usa como sinónimo de sepulcro. Después de expirar, el cuerpo del Señor fue ungido y envuelto en lienzos conforme a la costumbre de los reyes y luego fue colocado en un sepulcro nuevo, Juan 19.38-42.

En su morada eterna.Después de dejar su cuerpo, el Espíritu del Señor Jesucristo de inmediato fue al Padre, a su morada eterna. Nuestro Salvador en su naturaleza divina es infinito, Él está en todas partes, es Omnipresente. Pero para que podamos entender cómo se llevó a cabo la obra salvadora, la Palabra de Dios nos enseña que el Señor Jesús, después de morir en la cruz del calvario fue a su Padre.

NOS DA SEGURIDAD.

De nuestra casa eterna.Nuestro Mesías sabía con seguridad a dónde iría después de morir; el Hijo de Dios iría a su Hogar eterno. El reino de los cielos es la casa eterna del Señor y de sus hijos. Por lo tanto, los creyentes en Cristo tenemos la certeza de que al morir también iremos a gozar de la presencia de Dios y de la compañía de todos los redimidos por el Señor. Confiamos en la Palabra de nuestro Salvador que nos dice que en la casa de su Padre muchas moradas hay y que Él ha ido ha preparar lugar seguro para nosotros, Juan 14.1-6.

Del regreso del Señor.El encargo fue exitoso, Cristo fue recibido por su Padre y al tercer día volvió para levantarse victorioso de la sepultura, Él fue hecho primicia de los que durmieron, 1 Corintios 15.20.  Nuestro Salvador promete venir a las nubes por su Iglesia y también cumplirá con esta Palabra como lo hizo con su promesa de redención. Cuando Él venga todos los creyentes en Cristo que hayan muerto, resucitarán; y los que estemos vivos seremos transformados, para estar con nuestro Dios por la eternidad con alma y cuerpo perfectos e incorruptibles, 1 Tesalonicenses 4.13-18.

Para vivir tranquilos.La Palabra de Dios dice que los que mueren en Cristo, duermen, porque sus cuerpos descansan, mientras que su alma goza de la presencia del Señor. La muerte no significa el fin de las cosas; en Cristo la muerte física es una separación temporal del espíritu del cuerpo; así como el que duerme lo hace por unas horas y luego se levanta; los cuerpos de los que parten de este mundo en Cristo, resucitarán cuando Él venga a las nubes. Por lo tanto, no debemos temer a la muerte, es nuestro descanso en el Señor. Debemos vivir tranquilos, considerando lo que el apóstol Pablo nos dice:

“Que si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así que, ó que vivamos, ó que muramos, del Señor somos. Porque Cristo para esto murió, y resucitó, y volvió á vivir, para ser Señor así de los muertos como de los que viven”. Romanos 14.8,9.

 ESTIMADO:

Si el Señor Jesús, el Hijo Unigénito de Dios, encargó su Espíritu al Padre Eterno, con mayor razón nosotros los humanos, debemos encargar nuestro espíritu a Dios.

Si no lo ha hecho, le invitamos a que confiese sus pecados al Señor, se aparte de ellos y crea en Cristo como su Salvador. Dígale a Jesucristo que sea su Salvador y que le encarga su espíritu. Al hacer esto, Dios le lavará de todos sus pecados, le adoptará como su hijo y le dará herencia eterna en los cielos.

Observemos que el Señor Jesús dijo: “en tus manos”. Esta frase nos habla de un encuentro lleno de amor, el Señor deseaba ser recibido por su Padre con sus dos manos Todopoderosas, ser abrazado de su Padre para nunca más estar separado de Él. Es maravilloso saber que así seremos recibidos por nuestro Redentor cuando vayamos a Él.

Recordemos que todos los días tenemos el privilegio de encargar a Dios nuestro espíritu para que Él nos tenga en sus Omnipotentes y Omnipresentes manos. No somos autosuficientes, necesitamos del Señor, por eso debemos depender de Él siempre. Si nuestro espíritu está en las manos de Dios, estará:

Liberado de toda opresión, Deuteronomio 26.8.

Provisto de todo lo que necesitamos, Salmo 123.1-2.

Bienaventurado, Salmo 16.11.

Seguro, porque nadie nos puede arrebatar de su mano, Juan 10.28.

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