La casa del Señor

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12 Y entró Jesús en el templo de Dios, y echó fuera todos los que vendían y compraban en el templo, y trastornó las mesas de los cambiadores, y las sillas de los que vendían palomas; 13 Y les dice: Escrito está: Mi casa, casa de oración será llamada; mas vosotros cueva de ladrones la habéis hecho.

El Señor Jesucristo purificó el templo de Jerusalem en dos ocasiones, al iniciar y concluir su ministerio terrenal. Cuando nuestro Salvador era pequeño ya existía el comercio en la casa de Dios, pero Él esperó hasta iniciar sus oficios de Profeta, Sacerdote y Rey, para limpiar su casa de estas prácticas ajenas a la comunión con el Todopoderoso. Todo tiene su tiempo. En este día analizaremos el segundo momento en que nuestro Redentor purificó el recinto de Dios.

 EL TEMPLO DE JERUSALEM, 12.

 Su historia. El templo que el Señor Jesús purificó fue el que Herodes el grande (37-4 a.C.) comenzó a construir en el año 18 a. C., y que fue terminado en el 64 d. C., aproximadamente, unos 6 años antes de ser destruido por el general romano Tito (70 d.C.). Cuando Jesucristo realizó lo que hoy vamos a estudiar, este templo tenía poco más de 50 años en construcción. Era un edificio de mármol, con adornos de marfil, oro y piedras preciosas. Fue edificado con bloques de piedras que medían alrededor de 11 metros por tres y por cuatro metros, con un peso de varias toneladas. Conservaba el mobiliario descrito en el Antiguo Testamento, excepto el Arca del Pacto.

Sus dirigentes. El templo estaba bajo la custodia de la casa sacerdotal. Para estos tiempos los gobernantes romanos eran quienes designaban al sumo sacerdote. De esta manera Quirino en el año 6 d.C., nombró a Anás sumo sacerdote, quien tuvo gran poder al grado de influir para que sus hijos y yerno ocuparan este cargo. En el año 18 d.C., el gobernador Valerio Grato nombró como sumo sacerdote a Caifás, yerno de Anás, y ocupó este oficio hasta el año 36 d. C., cuando fue depuesto por Lucio Vitelio. La casa sacerdotal de Anás perteneció a la secta de los saduceos que no creía en los milagros, los ángeles, ni en la resurrección. Esa es una de las razones de su enemistad contra nuestro Señor Jesús, pues el Señor predicó su resurrección; además de que el Hijo de Dios señaló la corrupción que practicaban en el templo de Jerusalem.

 Mercaderes en sus atrios.

 a) Los vendedores de animales. Anás estableció la venta de animales “aprobados” para los sacrificios. Los sacerdotes rechazaban los animales que el pueblo traía para obligarlo a comprar los que se vendían en los atrios del templo. Los precios de estos animales eran muy altos, de esta manera la familia de Anás se hizo rica y despreciable, incluso en el Talmud maldice a la casa de Anás.

 b) Los cambiadores. El estatero, una moneda de plata equivalente a 4 denarios, era la que se aceptaba para pagar el impuesto del templo. Quienes traían otra moneda tenían que cambiarla para poder dar su contribución. Los cambiadores cobraban una tasa muy alta. Por eso el Señor Jesús dijo que habían hecho de su casa una cueva de ladrones.

c) Los comerciantes de palomas. Las palomas eran la ofrenda de los pobres, ellos tampoco escapaban de la ambición de Anás y su familia, se les vendían estas aves a precios exagerados. A los sacerdotes no les importaba la vida espiritual del pueblo, sino la riqueza que podían obtener de Israel, sin importarles la profanación de la casa de Dios. Por ello Jesús echó a los vendedores de animales, trastornó las mesas de los cambistas y las sillas de los que vendían palomas. Notemos que también echó a los que compraban, porque el pueblo aceptó la comodidad de comprar animales caros y se hizo cómplice del delito de los sacerdotes. Además de que al ofrecer animales comprados el pueblo perdió el espíritu de reflexión al ver que un animal apreciado moría en su lugar.

 CASA DE ORACIÓN, 13.

 Propiedad de nuestro Salvador. En aquellos días sólo estaba permitido un templo para el pueblo de Dios, pues uno de los propósitos de este lugar era realizar los sacrificios que simbolizaban el ofrecimiento del Mesías para lavar nuestros pecados. Dios es infinito en su presencia, no se le puede encerrar en un edificio, sin embargo, Él prometió habitar en el templo para manifestar su gloria y bendiciones a sus hijos. El templo es propiedad de Dios, por lo tanto, también lo es de su Hijo Unigénito. Por ello con autoridad el Señor Jesús echó de su casa a los que la profanaron. En la actualidad es aprobado por la Palabra de Dios que en diferentes lugares se construyan templos consagrados a Él (Juan 4.20-24).

Llamada así por la Palabra de Dios. Nuestro Salvador mencionó las palabras del profeta Isaías, quien por inspiración del Espíritu Santo llamó al Templo Casa de Oración. En los patios del templo, los reyes y el pueblo podían acercarse para orar, cantar y escuchar la Palabra de Dios. ¿Por qué el templo no fue llamado casa de alabanza o de enseñanza? Si bien estas actividades también se realizan, la oración encabeza el motivo de estar en el templo: “estar en comunión con Dios”. Muchos de los Salmos son oraciones; y las Escrituras tienen una estrecha relación con la oración, pues en ellas recibimos respuesta a nuestras plegarias. Velemos para que nuestros templos sean casas de oración, ya que con tristeza tenemos que admitir que la oración es la parte del culto menos practicada; y los cultos de oración los menos concurridos.

 Convertida en cueva de ladrones. Qué paradoja, los sacerdotes convirtieron la casa de oración en un lugar de corrupción y robo, incluso a los pobres. Tengamos cuidado para no profanar el Templo de Dios. Nosotros ya no veremos a vendedores de animales, ni cambistas de dinero, pero en algunas ocasiones, vemos a hermanos que se distraen de la comunión con el Señor para preparar y vender comida en la casa de Dios, esto no es correcto. El templo es el lugar que Dios nos ha dado para edificarnos en la intimidad con Él, no hagamos de la casa de Oración un lugar de chismes, quejas, críticas, juicios, ni mucho menos vanidades Dios es el único digno de honra y gloria.

 HERMANOS:

Damos gracias al Señor por las mejoras que Él nos ha permitido hacer en su casa. Continuemos con la renovación y mantenimiento de todas las áreas del templo de Dios.

El Señor por medio de las recientes experiencias nos ha recordado que Él provee de manera oportuna todo lo necesario, nos da sus cuidados y dirección para hacer su obra.

Velemos para que esta Casa de Oración y todos sus anexos siempre estén en buen estado; bien pintados; limpios; ordenados, si usamos algo hay que guardarlo en su lugar; y que sean utilizados para la comunión con nuestro Salvador.

Debemos hacerlo porque nuestro Dios es digno de lo mejor. Además de que si lo hacemos de corazón Él recompensará nuestro humilde servicio. En las Santas Escrituras aprendemos que cuando el pueblo de Israel se olvidó de la casa de Dios, hubo crisis en todos los aspectos; pero al retomar el cuidado del Templo, el Señor derramó bendiciones en Israel.

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