Archivos diarios: 29/09/17

A la mesa con el Señor

“A LA MESA CON EL SEÑOR JESUCRISTO”

Mateo 26. 20 Y como fué la tarde del día, se sentó á la mesa con los doce. 21 Y comiendo ellos, dijo: De cierto os digo, que uno de vosotros me ha de entregar. 22 Y entristecidos ellos en gran manera, comenzó cada uno de ellos á decirle: ¿Soy yo, Señor? 23 Entonces él respondiendo, dijo: El que mete la mano conmigo en el plato, ése me ha de entregar. 24 A la verdad el Hijo del hombre va, como está escrito de él, mas ¡ay de aquel hombre por quien el Hijo del hombre es entregado! bueno le fuera al tal hombre no haber nacido. 25 Entonces respondiendo Judas, que le entregaba, dijo. ¿Soy yo, Maestro? Dícele: Tú lo has dicho. 26 Y comiendo ellos, tomó Jesús el pan, y bendijo, y lo partió, y dió á sus discípulos, y dijo: Tomad, comed: esto es mi cuerpo. 27 Y tomando el vaso, y hechas gracias, les dió, diciendo: Bebed de él todos; 28 Porque esto es mi sangre del nuevo pacto, la cual es derramada por muchos para remisión de los pecados. 29 Y os digo, que desde ahora no beberé más de este fruto de la vid, hasta aquel día, cuando lo tengo de beber nuevo con vosotros en el reino de mi Padre.

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El primer domingo del mes de octubre la mayoría de las iglesias cristianas celebramos la Santa Cena, es el día de Comunión Universal; pues la iglesia del Señor Jesús es una sola y no está limitada a una nación.

En el contexto de esta celebración es oportuno que meditemos en el pasaje de las Escrituras que nos habla del momento en el que el Señor Jesucristo, instituyó la Santa Cena. Era la noche de pascua cuando los discípulos estaban a la mesa con el Salvador.

REQUIERE UN EXAMEN DE NUESTRO CORAZÓN PARA SANTIFICACIÓN, 20-22.

Conscientes de que es un privilegio que tenemos por la gracia de Dios. Los discípulos no eran personas perfectas, no fue por sus méritos que ganaron un lugar en la mesa con el Hijo de Dios. Estuvieron allí por gracia, porque recibieron el regalo de la Salvación por Cristo. Nosotros también tenemos la bendición de estar a la mesa con el Señor Jesús por gracia. Si estamos convencidos de esto, daremos un valor muy especial a esta bendición, y participaremos con mucho interés, y gratitud, no menospreciando la mesa del Señor.

Realizado por el Espíritu Santo. El Señor Jesús les dijo a sus discípulos que uno de ellos lo iba a entregar. Entonces comenzaron a preguntarle: ¿soy yo, Señor? Ellos examinaron su corazón. Lo mismo debemos hacer. Pero, si el examen lo realizamos nosotros mismos, es posible que nos encontremos “bien”. Por eso debemos pedir al Espíritu Santo, que examine nuestro corazón, de manera que él nos haga ver lo que estamos haciendo mal, o lo que hemos dejado y que Dios pide de nosotros. Una vez que el Espíritu Santo nos muestre nuestros pecados, debemos pedir perdón a Dios, y apartarnos de ellos. Esto es necesario porque la limpieza es indispensable cuando vamos a la mesa, ¿cierto? A nadie le gusta comer sucio, o en un lugar sin higiene. El Señor demanda limpieza al estar en su mesa. Renunciemos a nuestros pecados y participemos de la Santa Cena; que nadie renuncie a la mesa del Señor para seguir participando del pecado.

Un examen personal. La Palabra de Dios no dice que algún discípulo haya expresado: “Seguramente el Señor habla de Pedro, porque él suele decir cosas sin pensar”. Mateo no dijo: “Yo creo que es Juan, porque tiene mal carácter”. Nadie exclamó: “Es Tomás porque es incrédulo”. Se trató de un examen personal. Un maestro del Seminario, nos dijo que cuando él dirigía la Santa Cena, después de tomar los elementos, se ocupada de orar, sin mirar quienes tomaban la Cena del Señor, o quienes no lo hacían. El hermano dijo que es un asunto entre los miembros de la iglesia y Dios. Sin embargo, algunos hermanos en lugar de enfocarse en el examen su vida; se la pasan examinando la vida de los demás. No falta quien durante la celebración de la Santa Cena dice: ¿Por qué no participó aquel hermano, en qué pecado andará?  ¿El hermano tomó la cena?, no debería hacerlo porque es un pecador. No es sano examinar la vida de los hermanos, porque con seguridad veremos la paja que hay en ellos, y perdemos de vista la viga que hay en nuestra vida (Lucas 6.42). Debe interesarnos la vida de nuestros hermanos, para orar por ellos y con ellos, pero no para examinar ni juzgar sus vidas.

CON UNA CONSAGRACIÓN TOTAL, 23-25.

Con amor al Señor Jesús y no a las cosas materiales. Judas Iscariote nunca se arrepintió de sus pecados, tampoco creyó en el Señor Jesús como el Salvador de vida. ¿Por qué estaba Judas con Cristo? Por interés material. Por ello mismo había acordado vender a su Maestro, a precio de esclavo, le entregaría por unas cuantas monedas, como tres mil pesos. El amor al dinero es la raíz de todos los males. El dinero y las cosas materiales siempre fallan, son temporales. Amemos a Dios y no lo que es vanidad o vacío.

Por el amor del Señor. Judas es responsable del pecado de rechazar a Jesús como el Mesías, y de vender al Hijo de Dios. Y tiene una responsabilidad muy grande, porque recibió mucho de Cristo. El Señor escogió a Judas, de Judea, él no era galileo como los demás. A Judas el Señor le dio la tesorería, le mostró confianza. Pero especialmente le dio un amor grande. Nuestro Señor Jesús permitió a Judas meter el pan a la vinagreta de frutas que se ponía al centro, al mismo tiempo que él lo hacía. También le dio pan en la boca. ¿Qué significa esto? El mensaje del Señor para Judas fue: Te amo. La respuesta de Judas en sus acciones, fue: pero yo no te amo Maestro.  Judas sólo estuvo interesado en lo que podía obtener de Jesús.

Rindiendo todo a nuestro Señor. Un episodio que no podemos olvidar, es aquel en el que una mujer, lavó los pies del Señor Jesús con un ungüento que valía aproximadamente un año de salario. Judas dijo: ¿Por qué se desperdicia esto, se podría vender y ayudar a los pobres? Por la gracia de Dios, no estamos en la situación de Judas, ya que somos salvos en Cristo. Pero la vida de Judas, nos lleva a reflexionar si nuestra si estamos consagrados a Dios. Ya que algunas veces nos podemos oír diciendo: ¿Por qué se gasta tanto en el templo? ¿por qué piden mucho tiempo? ¿acaso no hay otro que haga las cosas? Dios demanda un amor y consagración total. Debemos estar a la mesa con el Señor diciendo: “Te ofrendo toda la vida que me das; todos los recursos, pues son tuyos; todo es para ti Señor”.

EN UN PACTO NUEVO, 26-29.

 Una conmemoración. Después de celebrar la última pascua, el Señor estableció la Santa Cena. Tomó pan y lo dio a sus discípulos. Este pan simboliza su cuerpo partido para pagar nuestros pecados. Luego tomó la copa y la dio a sus discípulos; la copa representa su sangre derramada para lavar nuestros pecados. La Santa Cena es una ceremonia que el Señor estableció para que recordemos su muerte para pagar todos nuestros pecados. Por ello la Santa Cena es el sello del pacto de gracia. Es el comprobante que da testimonio de la realidad de nuestra salvación. ¿Cómo sabemos que en verdad somos salvos en Cristo? Porque él ya murió y pagó nuestros pecados; y porque resucitó como garantía de su pago efectivo.

La copa. Algo interesante es que cuando el Señor estableció la pascua, que fue el sacramento del Antiguo Testamento, no indicó qué debería tomarse para acompañar el cordero asado. Por medio del misná, que son las tradiciones judías, sabemos que durante la pascua se tomaba vino mezclado con agua. Cuando el Señor dio el segundo elemento a sus discípulos, no dijo: “este vino, es el nuevo pacto en mi sangre”; sino que dijo: “Esta copa…”. El Hijo de Dios usó la palabra copa, porque beber la copa implica un acto voluntario. El Padre, determinó entregar a su Hijo; pero también Jesucristo, entregó su vida de forma voluntaria, por amor a nosotros, Juan 10.17,18. Él quiso tomar la copa de la ira de Dios, y beberla en nuestro lugar sin dejar una gota.

Un pacto confirmado. El misná, también describe un protocolo para celebrar la pascua. Seguramente que el Señor Jesús como un judío, lo siguió. Entre otras cosas dice que durante la pascua deberían tomarse 4 copas. La primera era para recordar la salida de Egipto. La segunda para recordar la salvación de Egipto. La tercera se llamaba la copa de redención, y con ella se recordaba la salvación a través de la historia de Israel. La cuarta se llamaba, la copa de la consumación, y en realidad no se tomaba, porque se decía que se tomará hasta que venga el Señor. Muchos estudiosos dicen que fue la tercera copa, la que el Señor dio para establecer la Santa Cena. Un nuevo pacto, quiere decir entre otras cosas, una promesa cumplida. Un pacto confirmado. Dios no mintió, nos salvó por medio del sacrificio y resurrección de su hijo.

Cuando estamos a la mesa con el Señor, renovamos nuestros votos, o promesas. Y al considerar que tenemos el privilegio de vivir en el Nuevo Testamento, es decir un testamento confirmado; al tomar la Santa Cena debemos comprometernos, a cumplir con todo lo que el Señor demanda de nosotros, es la manera de expresarle nuestro amor y gratitud.

HERMANOS:

Es posible que nuestro Señor también dejara sin tomar la cuarta copa. Y si fue así, tiene un sentido especial lo que dijo: Y os digo, que desde ahora no beberé más de este fruto de la vid, hasta aquel día, cuando lo tengo de beber nuevo con vosotros en el reino de mi Padre.

Un día estaremos física y espiritualmente, cara a cara con nuestro Dios; y él cumplirá su palabra de beber con nosotros en el reino del Padre celestial. Entre tanto llega ese día, sigamos fieles a Jesucristo, participando de su Cena, cada vez que tenemos este privilegio. Porque de esta manera seremos fortalecidos espiritualmente; tendremos la seguridad de la salvación en Cristo; y renovaremos cada promesa hecha al Señor, para cumplirla honrando y glorificando su Nombre.

Promesa cumplida

“PROMESA CUMPLIDA”

DE LA SERIE “YO Y MI CASA SERVIREMOS A JEHOVÁ”

 Recibieron pues heredad los hijos de José, Manasés y Ephraim” Josué 16.4.

Josué 15,16.

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Rubén, Gad y media tribu de Manasés recibieron heredad en la tierra prometida en el lado oriental del río Jordán. Ellos hicieron el compromiso de acompañar al resto del pueblo de Israel en la conquista de las otras regiones.

La tribu siguiente en recibir tierra fue la de Judá. Una vez que las tribus recibieron su heredad vieron cumplida la promesa que Dios les hizo de darles una tierra que fluye leche y miel. Analicemos un poco lo que la Palabra de Dios nos enseña en los capítulos 15 y 16 del libro de Josué.

A LA TRIBU DE JUDÁ

Una gran porción. La tribu de Judá recibió su heredad, providencialmente le tocó herencia en la región sur de la tierra prometida. Su porción fue amplia, con montañas y valles, una tierra bella. También la heredad que Dios nos ha dado por medio de nuestro Salvador Jesucristo es maravillosa porque ahí gozaremos de la presencia directa de Dios, además de que es un reino con muchas moradas, es eterno, seguro, incorruptible y hermoso.

 La tribu reinante. El Señor escogió a la tribu de Judá y de ella a la familia de Isaí para dar rey al pueblo de Israel. Por ello Jacob, inspirado por el Espíritu Santo profetizó que el cetro estaría en Judá, Génesis 49.8-12. Nuestro Señor Jesucristo en su naturaleza humana es descendiente de Judá, Isaí y David, por eso es el legítimo Rey de Israel, Rey de reyes y Señor de señores.

 La ciudad de Jerusalem. Dentro del territorio asignado a Judá se encuentra la ciudad de Jerusalem. En tiempos de Josué estuvo ocupada por los jebuseos, y los israelitas no la conquistaron. Fue el rey David quien la tomó y la hizo capital del reino.  Trasladó a esta ciudad el Arca del Pacto, y más tarde su hijo Salomón construyó en Jerusalem la Casa de Dios. Esta ciudad fue escogida para que en ella nuestro Señor Jesús muriera para pagar nuestros pecados y resucitara al tercer día. A Jerusalem nuestro Salvador vendrá a reinar por mil años. Como podemos ver el plan de Dios contempla todas las cosas por eso podemos estar confiados en el Señor.

EL TESTIMONIO DE OTHONIEL

Recibió gracia. Othoniel era hijo de Cenez, hermano de Caleb, es decir que Othoniel era sobrino de Caleb. Esto significa que Othoniel también era descendiente de Esaú hermano de Jacob, y que fue recibido como miembro de la tribu de Judá y del pueblo de Israel por la gracia divina. Así también nosotros fuimos recibidos en la iglesia y familia de Dios por la gracia o don de Dios. No merecíamos ser parte del pueblo del Señor, sin embargo, el Padre celestial tuvo misericordia de nosotros y nos Salvó del pecado y la condenación.

Un conquistador. Ante el reto de Caleb, Othoniel conquistó Debir o Chiriat-sepher. Esta ciudad ya había sido tomada por el pueblo de Israel Josué 12.13; esta narración nos indica que fue recuperada por los cananeos, por lo que fue necesario tomarla otra vez. Por este espíritu conquistador, años después Othoniel fue escogido como juez de Israel por 40 años, y con la bendición del Señor también derrotó al rey de Siria, Jueces 3.8-11. Nosotros también disfrutamos de la bendición y cuidados divinos, por lo tanto, debemos esforzarnos en ser conquistadores: de los pecados que quedan en nuestra vida; de buenos hábitos espirituales; de la predicación del evangelio de salvación.

Trabajador. Como una bendición, Othoniel recibió por esposa a Axa hija de Caleb. Cuando ellos se iban a su nuevo hogar, Othoniel aconsejó a Axa que pidiera a su padre tierras para labrar, ya que las tierras que le tocaron a ella eran secas. Caleb le dio los manantiales de arriba y abajo. Othoniel no fue un oportunista, sino que buscó los medios para trabajar y poder atender las necesidades de su familia. Los hijos de Dios debemos caracterizarnos por ser trabajadores, de manera que contemos con los recursos para cubrir nuestras necesidades y para ayudar a los hermanos que pasan por pruebas.

MANASÉS Y EFRAIM

Hijos de José. Manasés y Efraim fueron hijos de José el penúltimo hijo de Jacob y Raquel. Por la voluntad del Señor, Jacob les dio a Manasés y Efraim una posición como hijos suyos y no como sus nietos. Por la tanto en la repartición de la tierra prometida ellos también recibieron heredad. Dios bendice a todos sus hijos sin excluir a nadie. Es bueno que nosotros también seamos justos y no discriminemos a ninguno de nuestros hermanos.

 Dan testimonio de la grandeza de Dios. José estuvo a punto de ser asesinado por sus hermanos. Pero en lugar de matarlo, ellos optaron por venderle con la esperanza de no saber nunca de él, ni de sus sueños. Bajo estas circunstancias José pudo haber muerto, si esto hubiera ocurrido no existirían Manases ni Efraim. Sin embargo, la vida de estas dos tribus son un recordatorio a Israel de que Dios hizo olvidar los trabajos o penas de José (Manasés); y que el Señor le hizo fértil en la tierra se su aflicción (Efraim) Génesis 41.50-52. Manasés y Efraim son testimonio de la grandeza de nuestro Dios Infinito, Eterno e Inmutable.

 El plan de Dios no se frustra. Los hermanos de José pensaron que al venderle ya no tendrían lugar los sueños que el Señor dio a José, él no sería señor sobre ellos. Pero como sabemos, esta acción fue la que le llevó al cumplimiento del plan divino. Además de que Dios decretó todas las cosas en un plan perfecto, también estableció los medios para que su voluntad se cumpla. Por eso el plan del Señor no puede ser frustrado. De esta manera, José fue un hombre importante en Egipto, y sus hijos fueron tomados como tribus de Israel. El plan de Dios para nuestra vida es perfecto y nadie lo puede alterar, por eso debemos confiar en el Señor siempre.

 HERMANOS:

 Dios cumplió su promesa y las tribus de Israel recibieron la tierra que fluye leche y miel. Algunos hermanos que se han dado a la tarea de buscar las promesas de Dios en su Palabra, dicen que hay más de 3500 promesas en las Santas Escrituras. Y Dios cumplirá todas ellas.

Es hermoso saber que podemos descansar en la fidelidad del Señor a su Palabra. Pero asimismo es oportuno reflexionar que como hijos de Dios, también debemos distinguirnos por ser cumplidores de nuestras palabras y promesas. ¿Cuántas promesas hemos hecho a nuestro Señor? ¿Qué promesas hemos hecho a nuestra familia e iglesia? Es tiempo de cumplir nuestras promesas.

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