Nuestra herencia en el Señor

“NUESTRA HERENCIA EN EL SEÑOR”

DE LA SERIE

“YO Y MI CASA SERVIREMOS A JEHOVÁ”
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Josué capítulos 17 y 18.

En un culto de evangelismo llevado a cabo por judíos cristianos, un rabino nos dijo que hay palabras que los hijos de Dios no debemos usar, por ejemplo, inaugurar, pues significa solicitar el augurio o señal de los “dioses”. Los cristianos debemos decir: vamos consagrar o dedicar a Dios un Templo o vivienda familiar.

Un momento emotivo en nuestra vida es cuando tenemos la bendición de consagrar al Señor una casa o heredad. Los capítulos 17 y 18 del libro de Josué nos dan enseñanzas preciosas acerca de la herencia que tenemos en Dios, encontramos verdades que alegran nuestro corazón.

ESTÁ ASEGURADA POR ESCRITURAS QUE NO SE PIERDEN

En la Palabra de Dios. Este pasaje nos habla acerca de la repartición de la tierra prometida a las tribus de Manasés, Efraim y Benjamín. Se nos dice con detalle la porción que correspondió a cada tribu. Nos puede parecer tedioso leer esta parte de la Palabra de Dios, sin embargo, no lo es para los judíos, pues aquí se encuentran las Escrituras de su heredad, las cuales les acreditan como propietarios legítimos de esta tierra. Muchas familias llegan a perder las Escrituras de su casa; pero las Escrituras del pueblo de Israel no pueden extraviarse porque se hallan en la Palabra de Dios, la cual permanece para siempre.

Una morada maravillosa. Nosotros también por medio de nuestro Señor Jesucristo tenemos una herencia de Dios. Una morada en su reino eterno. Es una heredad maravillosa porque allí se disfruta de la presencia plena de Dios, quien lo es todo en nuestra vida, pues fuera de Él nada necesitamos. Aun si el cielo no tuviera sus fundamentos de piedras preciosas, si la plaza no fuera de oro, si no hubiera música o cosas preciosas, el reino de Dios seguiría siendo maravilloso, porque allí se está ante el Todopoderoso cara a cara. ¿Pero como podemos estar seguros de esta heredad? Porque nuestras Escrituras están en la Palabra de Dios. En el Libro Santo de Dios está consignado lo siguiente: En la casa de mi Padre muchas moradas hay… voy pues a preparar lugar para vosotros… vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo: para que donde yo estoy, vosotros también estéis, Juan 14.2,3. Nuestra morada es segura, cuánta paz infunde a nuestra alma esta verdad.

Sin acepción de personas. La Palabra de Dios nos dice que Salphaad, descendiente de Manasés no tuvo hijos, sino hijas, y conforme a las instrucciones del Señor, ellas también recibieron su porción de tierra. Esto nos enseña que para Dios la mujer tiene la misma dignidad y valor que el hombre, ninguno es más que el otro; aunque es necesario precisar que el Señor nos hizo diferentes para complementarnos, pero por ambos Cristo murió en la cruz. La Palabra de Dios nos enseña que Cristo vino para salvar a los pecadores sin distinción de género, pueblo, posición económica o académica. Así de admirable es la gracia de Dios, y por ella nosotros disfrutamos de una herencia segura en el Señor.

NOS ANIMA A LA UNIDAD

La desventaja de los pueblos cananeos. Cuando los hijos de José le indicaron a Josué que la porción que les había tocado era insuficiente, él los instó a conquistar más tierra, pero ellos le respondieron que la parte de los llanos estaba habitada por cananeos tenían carros herrados, es decir, tenían armamento poderoso. Los hijos de José olvidaban que ellos contaban con la presencia del Señor de los ejércitos. Por otra parte, no habían tomado en cuenta una gran desventaja de los cananeos: su división. La tierra prometida tiene un área de 156 000 kilómetros cuadrados, un territorio similar a nuestro Estado de Coahuila. Habían conquistado un poco más de la mitad, y derrotado a 33 reinos, eran muchos reinos en un territorio pequeño porque la tierra estaba habitada por muchas ciudades estado. Esto significa que había una tremenda división. En cambio, las 12 tribus de Israel eran un solo pueblo guiado por el Señor.

Ante nuestros enemigos. Nosotros como hijos de Dios nos enfrentamos a enemigos que buscan apartarnos del Señor. Estos enemigos son: Satanás y sus agentes o demonios, el mundo, y los residuos del viejo hombre en nuestra carne. Pero como podemos observar son entidades diferentes, enemigos divididos. Nuestra ventaja es que estamos unidos a Dios, y unidos los unos con los otros, Cristo es la Cabeza, y todos los redimidos, miembros los unos de los otros.

Porque somos un cuerpo. Somos el cuerpo de Cristo, por lo tanto, debemos velar por la unidad, hacer todo lo necesario para permanecer unidos como iglesia y pueblo de Dios. Es tiempo de apartarnos de todo aquello que genera separación o división. Dejemos los chismes, las murmuraciones, las maldades, los engaños, las envidias, los juicios, las detracciones (desprestigios) y los fingimientos, que lastiman y dividen a la iglesia. Saber que tenemos una herencia eterna en el reino de Dios, y que la compartiremos con todos los redimidos por Cristo, porque en el cielo seguiremos siendo una gran familia, nos motiva a que desde ahora vivamos unidos, como verdades hermanos y amigos, en la práctica constante del amor fraternal, del respeto, de la tolerancia, de la oración y ayuda mutua.

NOS MOTIVA AL ESFUERZO

Para vencer la negligencia. Josué tuvo que exhortar a siete tribus de Israel que aún no habían recibido su porción. Su negligencia había sido tan grande que no habían acudido para que se les diera su tierra. Con frecuencia nosotros también somos negligentes porque no cumplimos con nuestras obligaciones o deberes como hijos de Dios. Pero si valoramos la enorme bendición que tenemos de contar con una morada maravillosa en la presencia del Señor, nos sentiremos alentados a cumplir con nuestros deberes para con Dios y nuestros prójimos. Nos esforzaremos por cultivar nuestra vida espiritual, por cumplir con nuestras responsabilidades en el hogar y en la iglesia, en lugar de buscar pretextos para eludirlas. Nadie tendrá que presionarnos para que hagamos las cosas que nos corresponden.

Para seguir conquistando. Josué ya era grande en edad y faltaba mucha tierra por conquistar, esta tierra fue tomada por el rey David unos 400 años después. Los Israelitas se conformaron con lo que habían conquistado y no hicieron más. Muchos cristianos actúan de la misma manera, al principio cuando fueron rescatados por Cristo, vencieron al alcoholismo, o algún otro vicio, a la inmoralidad, entre otras cosas. Sin embargo, se han conformado, no se han esforzado por derrotar otros pecados, por ejemplo, las malas palabras, el mal carácter, la altivez y la mentira. No han hecho el esfuerzo por conquistar una vida de consagración y servicio a Dios. El Señor nos exhorta a seguir conquistando porque tenemos el poder el Espíritu Santo.

Para evitar problemas. Uno de los propósitos del libro de Josué es explicarnos el origen de los problemas que el pueblo de Israel enfrentó por siglos: alejamiento de Dios, idolatría, inmoralidad, injusticias, esclavitud, pobreza, entre otros males. Esto se debió a que Israel no cumplió con la orden del Señor de destruir a los malvados pueblos cananeos, quienes influyeron de forma negativa en los israelitas. Por esto es importante esforzarnos para cumplir con lo que Dios pide de nuestras vidas. Si nos esforzamos estaremos sembrando para cosechar bendiciones. Si no lo hacemos sembraremos y cosecharemos serios problemas.

HERMANOS:

Dios le dijo a su pueblo que los iba a introducir en ciudades grandes y buenas que ellos no edificaron, en casas llenas de todo bien, que ellos no llenaron, en cisternas cavadas, viñas y olivares que no realizaron (Deuteronomio 6.10,11). El Señor no le estaba echando en cara a Israel las bendiciones que le iba a dar, más bien lo llevó a reconocer que iba a recibir su herencia hermosa sólo por la gracia divina.

Ninguno de nosotros hizo algo para hermosear la herencia que tenemos en Dios. Tampoco realizamos algo para recibirla, Jesucristo nuestro Señor lo hizo todo, y nos la concedió en su gracia sublime.

No seamos como el profano Esaú quien menospreció su primogenitura. Valoremos nuestra heredad, y vivamos agradecidos a Dios por su misericordia derramada en nuestras vidas.

¿Cómo daremos testimonio de que en verdad valoramos lo que el Señor nos ha dado? La respuesta nos la da el apóstol Pablo en Colosenses 3.1-17:

1 SI habéis pues resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado á la diestra de Dios. 2 Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra. 3 Porque muertos sois, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. 4 Cuando Cristo, vuestra vida, se manifestare, entonces vosotros también seréis manifestados con él en gloria. 5 Amortiguad, pues, vuestros miembros que están sobre la tierra: fornicación, inmundicia, molicie, mala concupiscencia, y avaricia, que es idolatría: 6 Por las cuales cosas la ira de Dios viene sobre los hijos de rebelión. 7 En las cuales vosotros también anduvisteis en otro tiempo viviendo en ellas. 8 Mas ahora, dejad también vosotros todas estas cosas: ira, enojo, malicia, maledicencia, torpes palabras de vuestra boca. 9 No mintáis los unos á los otros, habiéndoos despojado del viejo hombre con sus hechos, 10 Y revestídoos del nuevo, el cual por el conocimiento es renovado conforme á la imagen del que lo crió; 11 Donde no hay Griego ni Judío, circuncisión ni incircuncisión, bárbaro ni Scytha, siervo ni libre; mas Cristo es el todo, y en todos. 12 Vestíos pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañas de misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de tolerancia; 13 Sufriéndoos los unos á los otros, y perdonándoos los unos á los otros si alguno tuviere queja del otro: de la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros. 14 Y sobre todas estas cosas vestíos de caridad, la cual es el vínculo de la perfección. 15 Y la paz de Dios gobierne en vuestros corazones, á la cual asimismo sois llamados en un cuerpo; y sed agradecidos. 16 La palabra de Cristo habite en vosotros en abundancia en toda sabiduría, enseñándoos y exhortándoos los unos á los otros con salmos é himnos y canciones espirituales, con gracia cantando en vuestros corazones al Señor. 17 Y todo lo que hacéis, sea de palabra, ó de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias á Dios Padre por él.

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