Cómo consolar

CÓMO CONSOLAR A LOS HERMANOS EN LA PARTIDA DE UN SER AMADO

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Juan 11

Consolar es aliviar, animar, alentar, confortar, calmar a quienes pasan por una pena o situación dolorosa. Uno de estos momentos difíciles es cuando Dios en su soberanía llama a su presencia a un ser amado.

El Espíritu Santo es quien consuela al pueblo de Dios en los días de prueba. Pero también es nuestro privilegio y responsabilidad confortar a nuestros hermanos, somos instrumentos del Señor para llevar consuelo a sus hijos.

Observemos lo que Jesucristo nuestro Maestro divino hizo para consolar a Martha y María, de manera que cada uno de nosotros realice de manera correcta este ministerio.

ACUDIR PARA CONFORTAR, 17. Vino pues Jesús, y halló que había ya cuatro días que estaba en el sepulcro.

Con prioridad. Una vez que Dios llamó a Lázaro, el Señor Jesús acudió para consolar a la familia y para manifestar su gloria. Al recibir una noticia de esta naturaleza debemos acudir a los hermanos con prioridad. El trabajo y nuestras ocupaciones pueden ser un motivo para no estar con la familia; pero tomemos en cuenta que nosotros tenemos que ajustar una agenda, mientras que nuestros hermanos tendrán que adaptarse a una nueva vida; de no tener una razón que realmente justifique nuestra ausencia, debemos hacernos presentes.

Cuidado con el saludo y las palabras. Evitemos saludar con “Buenos días, tardes o noches”; pues la familia se encuentra en medio de una situación dolorosa. Saludemos con un: “Que Dios consuele su corazón”, o “Que el Señor le conforte”. Tengamos cuidado con frases como: “Qué gusto de verle”, “felicidades”, “¿cómo te sientes?”, tan comunes en estos momentos, pero fuera de lugar.

En los cultos y en los días siguientes. Debemos acompañar a la familia en los cultos que se celebren a Dios para dar gracias por la vida y para fortalecer la vida espiritual de los hermanos. Pero también es muy importante visitarles, invitarles a comer o salir, en los días posteriores, cuando el dolor y tristeza se agudizan al recordar y extrañar a los seres que han partido.

ESCUCHAR CON EMPATÍA, 21. Y Marta dijo á Jesús: Señor, si hubieses estado aquí, mi hermano no fuera muerto.

Las palabras que vienen del dolor. Martha le reclamó al Señor el hecho de que no llegara antes, fueron palabras fuertes. Sin embargo, nuestro Salvador no la reprendió o regañó, no le dijo: Por qué le hablas así al Mesías. La escuchó con empatía, es decir, con el entendimiento de que ella estaba pasando por un momento difícil. Cuando acudimos a consolar a nuestros hermanos es posible que les escuchemos decir palabras como: ¿por qué no le sanó Dios?, ¿por qué no me llevó a mí?, ¿por qué Dios permite este dolor? No es momento para sacar nuestro púlpito o tratado de teología y reprender a los hermanos, debemos escucharles y orar por ellos.

Los sentimientos expresados. Debemos permitir a los hermanos expresar sus sentimientos, de hecho, debemos orientarles que no es malo que le digan a Dios con el debido respeto lo que están sintiendo. Los Salmos, la poesía lírica del pueblo de Israel nos enseñan a expresar a Dios en oración nuestros sentimientos de tristeza, soledad, ira, dolor. Cuando manifestamos a Dios nuestros sentimientos, nuestro corazón se desahoga y es llenado por la paz del Señor.

El apóstrofe. Es una figura literaria que se usa para hablar con lo inanimado. El Señor Jesús usó apóstrofe cuando habló a la ciudad de Jerusalem, Mateo 23.37. David usó esta figura cuando lloró a Jonathan su amigo, 2 Samuel 1.26. No debemos reprender a los hermanos si les escuchamos decir algo a los seres amados que han partido: “te vamos a extrañar”, “no te preocupes por nosotros”, “hasta pronto”. Esto es apóstrofe, debemos escuchar con empatía.

ALENTAR POR MEDIO DE LA PALABRA DE DIOS, 25. Dícele Jesús: Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá.

No con nuestras palabras. Solemos escuchar a hermanos que van a consolar decir: “Comprendo tu dolor”, “lo siento mucho”, “sé cómo te sientes”, “ánimo vas a estar bien”. Son palabras huecas, vacías, sin poder. Evitemos consolar con nuestras palabras. Nuestro Señor Jesucristo consoló a Martha con la Palabra de Dios: “Yo soy la resurrección y la vida…” De la misma manera al consolar debemos recordar, leer, citar las Santas Escrituras a nuestros hermanos.

Debemos conocerla. Para usar la Palabra de Dios como el bálsamo de consuelo a las familias, debemos conocerla. Es necesario que la leamos completa y que nuestra lectura sea diaria para tener fresco el mensaje del Señor. Es muy útil que también la memoricemos para compartirla en todo momento.

Necesitamos estar preparados en todo tiempo. La muerte es un acto soberano de Dios, sucede en el día determinado por él, y sólo el Señor lo conoce. Es nuestro deber estar preparados en todo tiempo.

Es necesario mantener relaciones fraternales sanas con todos los hermanos para que no queden sentimiento de culpa.

Debemos interesarnos por aprender lo que la Palabra de Dios nos enseña acerca del estado del alma al partir. Leer nuestra Confesión de fe de Westminster es un recurso que nos ayudará mucho.

Si tenemos un conocimiento correcto de la doctrina bíblica podremos consolar de manera eficiente a los hermanos.

Un momento muy difícil es cuando no se tiene testimonio de que el ser amado que ha partido haya creído en Cristo como su Salvador. La familia se pregunta en dónde se encuentra su familiar. La salvación es un asunto que le compete sólo al Señor. Debemos decir a la familia que el Señor es quien sabe que confíen en él. Y al referirnos al ser amado debemos decir: “quien ha partido a la eternidad”.

HERMANOS:

35. Y lloró Jesús.

Juan nos relata que Jesús lloró, fue sensible ante la prueba que pasaban Martha y María. Llorar no es malo, como consoladores debemos orientar a los hermanos que es bueno llorar, pero que lloren con la esperanza que nos da la Palabra de Dios, la esperanza de vida eterna en Cristo.

 Nuestra Cabeza lloró. Jesús nuestra cabeza lloró, seguro que cuando Juan escribió esto tuvo que detenerse conmovido al recordar el llanto de nuestro Redentor. Si nuestra Cabeza lloró, nosotros también debemos llorar con los que lloran, estar con ellos para confortarles, Romanos 12.15.

Debemos ser instrumentos de Dios para llevar consuelo a nuestros hermanos porque:

Somos un cuerpo. Y los miembros se duelen a una, 1 Corintios 12.26. No debemos ser indiferentes al dolor de nuestros hermanos.

Agradamos a Dios. Al interesarnos por nuestros hermanos honramos a Dios, le agradamos al obedecer su Palabra.

Damos testimonio al mundo. Al acudir a nuestros hermanos para confortarles con nuestra presencia y con los cultos a Dios, damos un buen testimonio a los familiares y amigos que aún no conocen al Señor. Ellos son testigos de lo hermoso que es pertenecer al reino de Dios.

La Palabra de Dios nos dice que es mejor estar en casa donde hay duelo, que en donde hay fiesta, Eclesiastés 7.2. Ya que, en estos momentos, al acudir para consolar, también somos bendecidos, pues el Señor nos hace reflexionar acerca de la vida, si estamos viviendo con sabiduría, si estamos aprovechando el tiempo breve de la vida terrenal. También meditamos si es que en verdad estamos preparados para partir, Dios quiera que así lo sea.

Que Dios nos use para consolarnos unos a otros.

 

 

 

 

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