El Heraldo de la Cruz

6 VIERNES

“EL HERALDO DE LA CRUZ”, Isaías 53.7.  Mensaje de las Siete palabras.

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7  Angustiado él, y afligido, no abrió su boca: como cordero fué llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca.

6 VIERNES

“EL HERALDO DE LA CRUZ”, Isaías 53.7.

Mensaje de las Siete palabras.

7  Angustiado él, y afligido, no abrió su boca: como cordero fué llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca.

El Cuarto Cántico del Siervo, nos habla acerca de la manera en que el Mesías caminaría para ser herido y molido por nuestros pecados. Esto también fue cumplido por nuestro Señor Jesús, porque él es el Mesías.

La Palabra de Dios dice: “Angustiado él, y afligido…” Después de celebrar la última pascua, y establecer el sacramento de la Santa Cena, nuestro Señor Jesús fue al huerto de Gethsemaní para orar. Al estar a unas horas de ser capturado y sufrir la ira de Dios, Jesucristo comenzó a atemorizarse y a angustiarse, les dijo a sus discípulos: “Está muy triste mi alma, hasta la muerte”, Marcos 14.33-36. Fueron momentos terriblemente difíciles, que el sudor del Señor, fue como grandes gotas de sangre, Lucas 22.44. En medio de la angustia, Jesús fue fortalecido por medio de la oración; un medio que el Señor nos enseñó para enfrentar las pruebas con poder.

“No abrió su boca: como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca”. En el arresto, durante el juicio, y en la crucifixión, el Señor Jesús fue como Cordero que es llevado al matadero: fue manso y humilde. No se resistió, de hecho, reprendió a su discípulo Pedro, quien sacó la espada para defender a su Maestro, e hirió a un siervo, Mateo 26.51-53. Tampoco abrió su boca para decir alguna palabra en contra de sus enemigos. Hubiera bastado que el Señor dijera: “mueran todos”, para que en un instante quedaran en el suelo sus verdugos; pues él es Omnipotente. Pero enmudeció como oveja delante de sus trasquiladores.

Después de ser azotado de forma brutal, y ser herido con golpes y una corona de espinas que fue puesta en su cabeza. Cargaron al Señor Jesús su cruz para dirigirse al monte de la calavera. La Palabra de Dios nos dice que Simón Cireneo, ayudó al Señor a llevar su cruz, porque estaba sumamente herido, Mateo 27.32. En aquel monte, de forma pública, cruel, y vergonzosa, fue crucificado.

En la cruz, el Señor Jesús no abrió su boca para maldecir a las gentes; pero sí lo hizo para predicar un poderoso mensaje. Por eso Jesucristo es el Heraldo, el Mensajero de la Cruz. Meditemos en el mensaje, en las 7 Palabras o enunciados, que nuestro Redentor predicó, mientras se ofrecía en sacrificio perfecto para pagar nuestros pecados.

LA PALABRA DEL PERDÓN.

 Y JESÚS DECÍA: PADRE, PERDÓNALOS, PORQUE NO SABEN LO QUE HACEN, Lucas 23.34.

Había muchos a quienes condenar. A los sacerdotes, escribas, y ancianos de Israel, quienes le condenaron a muerte. Al pueblo judío por rechazarle. A Judas Iscariote por traicionarle y venderle Al gobernador Pilato por su falta de integridad, que le llevó entregar a Cristo siendo inocente. A los soldados romanos por ejecutar la cruenta crucifixión. A los discípulos por abandonar al Hijo de Dios. Sin embargo, el Señor oró al Padre para que los perdonara. Jesús nos dio ejemplo para perdonar a los que nos ofenden. ¿Cuántos pecados Dios nos ha perdonado por medio de su Hijo? Nuestra cuenta de pecados era impagable por nuestros medios; pero el Señor la solventó toda. Él estuvo en la cruz, también por nuestros pecados. Las deudas de afrentas que hemos recibido son pequeñas, en comparación con lo que Cristo sufrió. Por eso debemos perdonar. Como recibimos misericordia, debemos dar misericordia y perdonar a los que nos han ofendido.

Porque no saben lo que hacen. Ninguno de ellos sabía lo que hacía, pues tenían endurecidos su entendimiento y corazón. Sin embargo, sí eran culpables de sus actos de desprecio y muerte al Mesías; pues Jesús les dio muchas evidencias de su identidad.  ¿Tan rápido se habían olvidado de sus milagros? Además, la ignorancia no libera de la culpa; cuando quebrantamos la ley, el desconocimiento no nos justifica. ¿Por qué entonces Jesús pidió que fueran perdonados? Porque para eso estaba en la cruz, para pagar nuestras iniquidades; y ser lavados por medio de su sangre derramada. Sólo Cristo puede salvarnos de nuestros pecados, porque sólo él los pagó todos de forma eficaz en la cruz del Calvario.

Escuchada por el Padre. La palabra “decía”, nos indica que el Señor dijo esta plegaria varias veces. Dios escuchó la oración de su Hijo, él perdonó a muchos de aquellos culpables. Las Escrituras en el libro de los Hechos 2.36-42, nos dicen que como tres mil personas que habían acudido a la fiesta del pentecostés, se arrepintieron de sus pecados y fueron bautizados en el nombre de Jesucristo. En el capítulo 6.7, de este mismo libro, encontramos que gran número de sacerdotes obedecían a la fe, es decir creían en Cristo como su Salvador, y eran perdonados de sus pecados.   Qué maravilla, cuando el Señor intercede por nosotros, es escuchado por su Padre. Jesús tiene poder para perdonar nuestros pecados, 1 Juan 2.1. Y tiene poder para ayudarnos a perdonar, por medio de su Espíritu Santo. Perdonar no es una opción, es una cualidad del cristiano que ha sido perdonado por Dios.

Nos enseña a perdonar. Es el Espíritu del Señor, que mora en nosotros. Si alguien le ha ofendido, perdónelo, y sea liberado de resentimientos y amarguras que dañan la salud física y la vida espiritual. Si no perdona, estará en riesgo de cometer las mismas afrentas, que lastimarán a quienes estén a su alrededor. Un hombre que no perdona a su padre que le maltrató durante su infancia; tendrá la tendencia a hacer lo mismo con sus hijos. Por ello perdonar es lo mejor que podemos hacer a los que nos afrentan.

LA PALABRA DE SALVACIÓN.

 ENTONCES JESÚS LE DIJO: DE CIERTO TE DIGO, QUE HOY ESTARÁS CONMIGO EN EL PARAÍSO, Lucas 23.43.

 A un ladrón. El Señor fue crucificado entre dos malhechores, dando a entender que era el peor de los criminales; y en ese momento lo era, ya que cargaba todos nuestros pecados. Al principio los dos ladrones también le injuriaban; pero posteriormente uno de ellos fue tocado por la gracia de Dios, y le dijo: “Acuérdate de mí cuando vinieres a tu reino”. En la cabecera de la cruz del Señor Jesucristo había un título con el propósito de exponer el delito por el que era crucificado, decía: “Jesús Nazareno Rey de los judíos”; esto es lo que muchos sin saber ponen en las cruces de los cementerios INRI. Pero esto no era un delito, ni una mentira, sino la declaración real de la identidad del Señor Jesús, él es Rey de reyes. Seguramente que el ladrón había escuchado acerca de Jesús, y este título fue un mensaje poderoso en su corazón que le llevó a recibir salvación.

Por el arrepentimiento y fe. Las palabras del ladrón son evidencia de que reconoció que era pecador, y merecía morir; así mismo manifiestan que creyó en Cristo como su Rey Salvador. Aquel hombre, tocado por la gracia de Dios, entendió y creyó que el Señor Jesús tiene facultad de perdonar pecados, y dar la vida eterna en su reino. También comprendió que Jesucristo no quedaría en la cruz, moriría, pero volvería a la vida para establecer su reino. El arrepentimiento de pecados y la fe en Cristo como nuestro único Salvador, son necesarios para ser salvos. Si estos actos no se han dado en su corazón, no se quede así, hoy reconozca sus pecados, y tenga fe en Jesucristo como su Salvador de Pecados.

Inmediata y segura. Cristo otorgó salvación a aquel hombre arrepentido. El Señor le dijo: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”, es decir, en esa tarde de viernes, al morir, este nuevo creyente fue trasladado a la gloriosa presencia de Dios. La salvación que Cristo da al hombre que se arrepiente de sus pecados, y cree en Él, es inmediata, pues en ese mismo instante es perdonado, y adoptado como hijo de Dios; su nombre es escrito su nombre en el libro de la vida, en donde están registrados los herederos del reino celestial. La salvación en Cristo también es segura, porque nadie nos puede arrebatar o robar lo que Cristo nos concede. Ni tampoco el Señor retirará su salvación de nuestras vidas, ya que Dios nunca miente, ni se arrepiente; Él es Sabio, y Perfecto en todo lo que hace, Números 23.19. Los creyentes en Cristo debemos vivir tranquilos, con paz en el corazón, confiados en él; muchas personas nos pueden fallar, y olvidar sus promesas; pero nuestro Jesucristo no. Somos salvos para siempre. Y esto no es una licencia para pecar, el redimido, no dice: “si la salvación no se pierde, puedo vivir como quiera”. Quien es salvo, vive como salvo, en obediencia a Jesucristo.

 III. LA PALABRA DEL DEBER.

Y COMO VIO JESÚS A LA MADRE, Y AL DISCÍPULO QUE ÉL AMABA, QUE ESTABA PRESENTE, DICE A SU MADRE: MUJER, HE AHÍ TU HIJO. DESPUÉS DICE AL DISCÍPULO: HE AHÍ TU MADRE, Juan 19.26,27.

 Ante la familia. Cuando el Señor fue arrestado, sus discípulos huyeron, le abandonaron. Sin embargo, durante el juicio, y en la crucifixión, estuvo presente, el discípulo Juan.  María la madre del Señor, también estuvo junto a su cruz, con su corazón traspasado, herido por el dolor de ver a Jesús sufrir. Allí el Señor veló por no dejar desamparada a la mujer que fue el medio para que él se encarnara. Es posible que José ya había fallecido; y como los hermanos del Señor no creían en él, Juan 7.3-5; Cristo dejó a su madre al cuidado de uno de Juan. El Señor dijo: El que ama padre o madre más que a mí, no es digno de mí; y el que ama hijo o hija más que a mí, no es digno de mí, Mateo 10.37. Pero esto no significa que debamos olvidarnos de nuestra familia. De hecho, si amamos al Señor en primer lugar, y le obedecemos, estaremos movidos a amar a la familia. Mientras más amemos a Dios, y estemos más cerca de él, su Palabra será quien guie nuestra vida; y uno de los mandamientos de Dios es honrar a nuestros padres, y cuidar de nuestra familia, Efesios 6.1-4.

Para darnos ejemplo. Nuestro Maestro estaba sufriendo en la cruz; y en medio del dolor, cumplió con uno de sus deberes como Hijo, y nos dejó un ejemplo poderoso. La Palabra de Dios dice que si alguien no tiene cuidado de los de su casa, la fe negó, y es peor que un incrédulo, 1 Timoteo 5.8. Si no nos esforzamos por cumplir con nuestros roles en el hogar; si no damos amor y respeto, estaremos negando la fe en Cristo, porque el descuido de nuestros deberes en la familia, es desobediencia a Dios. Además de que es un mal testimonio a los incrédulos, ellos se preguntarán: ¿Así es como vive un cristiano? Por otra parte, si no cumplimos con los compromisos con nuestra familia, nos volvemos mentirosos si decimos amar a Dios. ¿Cómo podremos decir que amamos al Señor, si no damos amor a los seres con los que convivimos en el hogar?, 1 Juan 4.20.

Porque el Señor se acercaba al final de su estado de humillación. María fue salva, pero no por ser la madre del Señor, sino porque también fue tocada por la gracia de Dios y creyó en Cristo, como su Salvador, Lucas 1.46,47. Hasta ese momento el Señor había vivido en un estado de humillación, sujeto a las miserias y condiciones de esta vida. Su relación con María, todavía conservaba algo de su carácter familiar. Pero después de su muerte, el Señor Jesús sería exaltado por medio de la resurrección; entonces él sería ensalzado; y las relaciones que había tenido con sus familiares, discípulos y amigos, tomarían un nuevo carácter. A partir de entonces ellos verían la gloria divina de Jesucristo, María ya no tendría una relación de madre; sino de una discípula redimida por su Dios y Señor Jesucristo. Por ello el Señor la dejó al cuidado de su discípulo; para que fuera su familia espiritual quien cuidara de ella. Siempre debemos tener presente que el Señor Jesús es Dios; de manera que seamos celosos en darle la honra, y adoración de la cual es digno. Así mismo aprendemos que como familia espiritual, tenemos la responsabilidad de cuidar de nuestros hermanos en Cristo, velando por su bienestar espiritual, y atendiendo sus necesidades materiales cuando se encuentran en necesidad. Siempre que lo hagamos seremos bendecidos. Como Juan, quien recibió a María, quien seguramente le contó muchas cosas acerca de Jesús.

LA PALABRA DEL DESAMPARO.

ELI, ELI, ¿LAMA SABACTANI? ESTO ES: DIOS MÍO, DIOS MÍO, ¿POR QUÉ ME HAS DESAMPARADO?, Mateo 27.46.

 En medio de tinieblas. A partir de las doce del día y hasta las tres de la tarde de aquel viernes, hubo tinieblas en toda la tierra, Mateo 27.45. Era la manifestación de que el Padre había dejado al Hijo. Dios es Luz, por lo que las tinieblas comunican su ausencia, 1 Juan 1.5. Dios es Omnipresente, pero tiene el poder de retirar su presencia de la vida del pecador. Debemos recordar que Cristo estaba pagando el infierno que nuestros pecados merecían; y debemos saber que uno de los castigos del infierno es la separación de Dios. Jesucristo estaba completamente solo.

 El cumplimiento de ley divina. El Señor Jesús, con grande voz dijo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” Fue un clamor de dolor por la soledad que Jesucristo enfrentaba; el Padre no podía estar con él, porque en ese momento Jesucristo, al ocupar nuestro lugar, era el más grande pecador. Jesús siempre llamó a la primera Persona Divina, “Padre”, pero en los momentos de separación, le llamó Dios. Qué dolor tan terrible no poder llamarle como siempre: “Padre”, pues Jesús estaba llevando nuestras maldades. Así el Señor cumplió la tipología del macho cabrío, que se abandonaba en desierto en el día de la expiación, Levítico 16. Ese día se tomaban dos machos cabríos, y se echaban suertes sobre ellos. El macho cabrío sobre el que caía la suerte por Jehová era sacrificado. Y el macho cabrío sobre el que caía la suerte por Azazel, que significa separación, era llevado y dejado en el desierto. El macho cabrío desamparado, antes de morir daba los gritos de dolor, de hambre y sed; aquel animal simbolizó el indescriptible sufrimiento de Jesucristo.

Porque Dios es Santo. La pregunta de Cristo refleja dos cosas. Primero, la convicción de que el Mesías es de Dios; por eso exclamó dos veces: “Dios mío, Dios mío”. El Señor sabía que una vez que cumpliera con el pago de nuestros pecados, volvería a estar en comunión con su Padre. Y segundo, que su muerte tenía un propósito que mantuvo a Cristo en la cruz: sufrir la ira de Dios, siendo desamparado en nuestro lugar, para lavar nuestras iniquidades. El Salmo 22.1-5, escrito por David quien tipificó a Cristo, responde la pregunta del Señor: ¿por qué me has desamparado? Porque Dios es Santo, y en ese momento Jesucristo, era el más grande pecador. Esto es a lo que el Señor le tuvo miedo, cuando estuvo en el Gethsemaní, a la copa de la ira de Dios, derramándose sobre él, por medio de la crucifixión, y el desamparo de su Padre. Es impactante ver al Señor en la cruz sufriendo de forma horrible, y recitando el Salmo 22. La verdad de las cosas es que nuestra mente es tan finita que no podemos comprender de forma total lo que Cristo sufrió por nosotros. Sin embargo, en el grado del entendimiento que podemos tener a través de las Escrituras, e iluminación del Espíritu Santo, hay muchos motivos para vivir a gradecidos a Dios por su amor al darnos a su Hijo para salvarnos; y para glorificarle siempre, con una adoración ferviente, y un servicio consagrado y lleno de amor.

LA PALABRA DE LA NECESIDAD.

DESPUÉS DE ESTO, SABIENDO JESÚS QUE TODAS LAS COSAS ERAN YA CUMPLIDAS, PARA QUE LA ESCRITURA SE CUMPLIESE, DIJO: SED TENGO, Juan 19.28.

Sed física. El Señor fue arrestado alrededor de la media noche. Durante la madrugada, de manera ilegal fue juzgado por Anás, Caifás y el Sanedrín, y fue condenado a muerte. Luego fue llevado a Pilato para que confirmara la sentencia y la ejecutara, ya que el Sanedrín no tenía autoridad para matar al Señor. Pilato, al no encontrar delitos en Jesús, y al enterarse que Jesús era de Galilea, región que no estaba bajo su jurisdicción, intentó evadir su responsabilidad, y envió a Jesús al rey Herodes Antipas quien estaba en Jerusalem para celebrar la Pascua. Eran alrededor de las 6 de la mañana. Este rey tampoco halló ningún delito en Jesús, y al carecer de autoridad por ser sólo un visitante en Jerusalem, después de escarnecer al Señor Jesús, le regresó a Pilato. Finalmente, el cobarde Pilato entregó a Jesús para ser crucificado siendo inocente, y víctima de los judíos. Qué triste que los gobernantes gentiles, vieran la inocencia del Señor, y no los judíos. Jesucristo, fue azotado, y herido con la corona de espinas, clavado en sus manos y pies a una cruz. Su cuerpo fue lacerado y desfigurado; los seis juicios ilegales que el Señor enfrentó, y el proceso de crucifixión en el que se había desangrado, la fiebre, generaron una sed física terrible.

Sed espiritual. La sed del Señor Jesucristo también fue espiritual. Esta quinta Palabra de nuestro Salvador manifiesta la gran necesidad que tenía de su Padre. Es la máxima expresión y vivencia de las palabras del Salmista: “Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el ama mía. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo: ¡Cuándo vendré, y pareceré delante de Dios!”, Salmo 42.1,2. Jesús estaba solo en la cruz, y su alma clamaba por estar nuevamente en comunión con su Padre. Esta Palabra también nos da testimonio de que el Señor en verdad estaba sufriendo lo que merecíamos por nuestros pecados; la muerte eterna, que es la separación total de Dios. La sed de Cristo, fue una sed infernal, algo que nosotros no conoceremos, gracias al Amor del Señor.

En nuestro lugar. Algunas corrientes dicen que el Mesías no se encarnó realmente, sino que sólo tomo una apariencia humana. Pero la Palabra de Dios nos enseña que el Hijo de Dios, sí se encarnó, tomó una naturaleza humana, lo que significa que Él no solamente tomó un cuerpo, sino que fue verdaderamente hombre. El Señor tuvo las mismas necesidades que nosotros; vivió sujeto a las condiciones de esta vida, pero fue sin pecado. Tenía la necesidad de alimentarse, trasladarse, trabajar, descansar, llorar. De esta manera Jesucristo fue nuestro Sustituto eficaz en la Cruz. El Señor Jesús, es nuestro Verdadero Salvador, Dios y hombre, quien sufrió y murió en nuestro lugar, y nos lavó de todos nuestros pecados. No hay otro que pueda salvar, porque fuera de Cristo, todos los hombres somos pecadores.

LA PALABRA DEL CUMPLIMIENTO.

 Y COMO JESÚS TOMÓ EL VINAGRE, DIJO: CONSUMADO ES, Juan 19.30.

La copa fue bebida. Cuando el Señor llegó al monte calvario, le dieron a beber vino mesclado con mirra, pero él no la tomó, Marcos 15.23. Esta bebida era una droga que embotaba los sentidos, y mermaba el dolor. Por eso Jesucristo la rechazó, él tenía que sufrir el dolor de la ira de Dios; pues nuestros pecados causan dolor a Dios, a nuestra vida misma, y a los que nos rodean. Después de su quinta Palabra, por medio de una esponja dieron vinagre al Señor Jesús. No fue un acto de misericordia, sino de tormento, el vinagre sobre la boca herida del Señor, escurriendo por su cuerpo lacerado, fue como fuego. Nuestro Salvador dijo: “Consumado es”. Beber el vinagre de una esponja, tiene un simbolismo, significa que Jesucristo bebió la copa de la ira de Dios. El vaso o la copa que el Señor mencionó en su oración en el Gethsemaní, es la copa del juicio e ira de Dios. Si un hombre sin Cristo se presentara ante Dios y fuera juzgado, sería hallado infractor de su ley, culpable de pecado; sería condenado a muerte eterna, y lanzado al fuego eterno, para sufrir irremediablemente por siempre la ira divina. Jesús fue juzgado, condenado y muerto en nuestro lugar; Él nos justificó. Ahora a todo aquel que cree en Cristo como su Salvador, el Espíritu Santo aplica la obra justificadora de Cristo; carga a su cuenta la justicia de Cristo. De esta manera somos perdonados de nuestros pecados.

De la Palabra de Dios. La poderosa Palabra “Consumado es”, confirma que el Señor Jesucristo había cumplido las Escrituras. Fue consumada la promesa divina de un Salvador, Génesis 3.15. Fueron cumplidos de forma perfecta todos los rituales y leyes ceremoniales, no faltó un solo detalle. Fueron cumplidas todas las profecías acerca del Mesías en su primera venida; sólo quedaron pendientes, las profecías sobre la segunda venida; Cristo las cumplirá cuando venga otra vez a la tierra. Todo esto significa que fue terminada, cumplida de manera completa y eficaz la obra de expiación, es decir, la obra por medio de la cual somos lavados de nuestros pecados. Ya no se requieren de más sacrificios de animales, ni tampoco que Cristo vuelva a ofrecerse, la Palabra de Dios dice: “Así también Cristo fue ofrecido una vez para agotar los pecados de muchos”, Hebreos 9.27. Cristo hizo por nosotros, lo que las obras, la vida religiosa, y el dinero no pueden conseguir: la limpieza y perdón de nuestros pecados.

Que nos hace libres. Beber la copa de la ira divina, es un acto de gran amor del Señor Jesucristo, porque una “copa”, comunica un acto voluntario; el Padre en su misericordia nos dio a su Hijo; pero igualmente el Mesías quiso llevar a su boca y beber esta copa por nosotros. Al hacerlo, consumó la libertad para nosotros. Nos hizo libres del pecado y la muerte eterna. Nos hizo libres de la sentencia de la Ley de Dios que dice: La paga del pecado es muerte, Romanos 6.23. Nos dio libertad de las leyes ceremoniales, ya no tenemos que realizar sacrificios, ni practicar la circuncisión, entre muchas otras cosas de las que el Señor nos libró. Nos hizo libres del juicio e ira de Dios. Nos hizo libres de la maldición divina, y nos dio bendición y gracia de Dios. Nos dio libertad de la esclavitud del pecado, para servir y obedecer a Dios. Demos alabanza a nuestro Señor por hacer su obra perfecta; y sigamos su ejemplo, de manera que todo lo que hagamos, sea bien hecho, como a Dios y no a los hombres, Colosenses 3.23,24.

LA PALABRA DEL ENCARGO.

ENTONCES JESÚS, CLAMANDO A GRAN VOZ, DIJO: PADRE, EN TUS MANOS ENCOMIENDO MI ESPÍRITU. Y HABIENDO DICHO ESTO, ESPIRÓ, Lucas 23.46.

Antes de morir. El Señor sabía que se acercaba el momento cumbre de su humillación, su muerte. La cruz había sido cruenta y vergonzosa, él fue crucificado desnudo, como solía hacerse cuando se ejecutaba este castigo. Pero la muerte, fue un acto tremendo de humillación; porque Jesucristo es el Dios de la vida. El Señor tuvo a bien humillarse y morir en nuestro lugar. Pero no murió de forma ordinaria, lo hizo con poder, y con humildad, dando su vida de manera voluntaria. Por eso dijo a gran voz, no con debilidad: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Luego inclinó la cabeza, y expiró, Juan 19.30. Cuando una persona muere las cosas suceden de manera invertida. Pero nuestro Señor inclinó primero su cabeza, y luego murió, para que entendamos que él quiso humillarse y dar su vida por nosotros.

Al Padre celestial. Al encomendar su Espíritu al Padre, el Señor nos enseña que después de morir fue al cielo, para estar nuevamente en comunión con Él. Y para cumplir la promesa que hizo al malhechor arrepentido: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”. Cuando el ladrón arrepentido, murió, lo cual sucedió después, Jesús ya le esperaba en el reino celestial. Por otra parte, el Señor encargó su Espíritu a su Padre, porque sabía que habría de regresar para resucitar y vencer la muerte. Así culminaría la obra de redención, y nos daría garantía de vida eterna en él. Cuando el Credo de los apóstoles dice: que el Señor descendió a los infiernos; quiere decir que su cuerpo descendió al sepulcro; infierno se usa como sinónimo de sepulcro. Después de expirar, el cuerpo del Señor fue preparado para ser sepultado conforme a la costumbre de los reyes; y luego fue colocado en un sepulcro nuevo. Pero su Espíritu fue al Padre. Ya hemos explicado que el infierno por nuestros pecados, el Señor lo sufrió en la cruz, allí estuvo separado de su Padre, por nuestros delitos y pecados. Así es que al morir físicamente, el Señor fue en Espíritu a su Padre.

Nos da seguridad. Nuestro Mesías sabía con seguridad a dónde iría después de morir; el Hijo de Dios iría a su Hogar eterno. De la misma manera los creyentes en Cristo, sus discípulos tenemos la certeza de que al morir, al dejar este mundo, iremos a gozar de la presencia de Dios, de su reino, y de la compañía de todos los demás redimidos por el Señor. Así como Cristo se levantó victorioso de la muerte, cuando él venga a las nubes por su iglesia, todos los creyentes en Cristo que hayan muerto, resucitarán; y los que estemos vivos seremos transformados, para estar con nuestro Dios con alma y cuerpo perfectos e incorruptibles. La Palabra de Dios dice que los que mueren en Cristo, duermen, porque sus cuerpos descansan, en espera del retorno de nuestro Señor; y porque la muerte no significa el fin de las cosas, en Cristo la muerte física es una separación temporal; así como el que duerme lo hace por unas horas, y luego se levanta, 1 Tesalonicenses 4.13-18.

ESTIMADO:

El Heraldo de la cruz, el Señor Jesucristo, en estas Siete Palabras, nos da un mensaje de salvación, de vida eterna en los cielos. Nos habla de lo que él hizo para que tengamos la dicha de ser redimidos de nuestros pecados. Es un mensaje al que tenemos que dar una respuesta. No existe la posibilidad de no responder; porque si usted determina ignorarlo, esto ya es una respuesta de rechazo.

Que Dios le bendiga para que usted responda a este mensaje reconociendo sus pecados, pidiendo perdón al Señor, y diciéndole a Jesucristo que cree en él, y que sea su Salvador. Si lo hace y sigue a Cristo obedeciendo su Palabra, podrá vivir bendecido y muy feliz como hijo de Dios y heredero de su reino.

Compártanos si usted puede decir como el Señor: Padre en tus manos encomiendo mi espíritu.

 

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