El Médico divino

4 MIÉRCOLES

“EL MÉDICO DIVINO”, Isaías 53.4,5. De la serie “El Siervo de Dios”

 cordero-pascual

4 Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido.

5 Mas él herido fué por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados: el castigo de nuestra paz sobre él; y por su llaga fuimos nosotros curados.

Los médicos realizan una noble y necesaria profesión para nuestras vidas. Seguramente que todos nosotros, en algún momento de nuestra vida, hemos consultado a un médico, y hemos sido sanados por medio de los medicamentos que nos recetó. Gracias a Dios vivimos en tiempos de grandes adelantos en la ciencia médica. Sin embargo, hay enfermedades o grados de enfermedades que los médicos no pueden sanar. Ante estos males, sólo hay una esperanza, y es Jesucristo, el Médico divino.

QUIEN LLEVÓ NUESTRAS ENFERMEDADES.

En su propia vida. Escribe el profeta Isaías: “Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores”. Dos cosas, entre otras, podemos decir de esta frase. Primero, la Palabra de Dios nos comunica la seguridad de la obra sanadora del Mesías; es una certeza. No se trata de actos mentirosos de sanación, sino de hechos verdaderos, en los que las enfermedades son erradicadas de forma total. Lo segundo es que para sanarnos el Médico divino sufrió nuestras enfermedades en su cuerpo. Esto no sucede con los médicos ordinarios; la mayoría de las veces ellos no conocen en experiencia propia, lo que los pacientes sienten por las enfermedades, ni por los medicamentos o procedimientos que se les aplican. Un médico comentó que cuando él recibió un medicamento que solía aplicar, y vivió los dolores que genera; le pidió perdón a Dios por las veces que había sido inconsciente con los enfermos. Pero Jesucristo, al ir a la cruz del calvario y pagar nuestros pecados, también ganó sanidad para nuestras enfermedades físicas, psicológicas, y emocionales; para esto él sufrió todos nuestros males; y los sanó de forma contundente.

Con milagros poderosos. La demostración de que el Señor Jesús es el Mesías, fueron los milagros de sanidad que realizó en su ministerio terrenal. Jesucristo, sanó a: paralíticos, Mateo 9.1-8; ciegos, Juan 9.1-7; personas con extremidades secas, Marcos 3.1-5; leprosos, Mateo 8.1-4; endemoniados, Mateo 8.14-16; personas con flujo de sangre, Mateo 9.20-22; y gente de diversas enfermedades, Mateo 4.23,24. Todos estos actos fueron milagros, hechos sobre naturales en los que Jesús sanó lo que los médicos no podían, ni aun pueden. Jesucristo, conforme a su voluntad, sigue haciendo milagros de sanidad, y en la iglesia hemos sido testigos del poder del Señor, en casos reales de sanación. ¿Está usted enfermo? Haga oración con fe, y Jesucristo se manifestará de forma sorprendente.

Para dar evidencia de su identidad. El profeta Isaías anunció que el Mesías se identificaría por sanar enfermedades. Y sabemos que Jesús es el Mesías porque sanó a muchos enfermos; el evangelista Mateo nos dice que Jesús cumplió lo dicho por el profeta Isaías, Mateo 8.17. Los milagros de sanidad son la evidencia de la divinidad del Señor Jesucristo; dan testimonio de su identidad como el Hijo de Dios, el Mesías enviado para salvarnos de nuestros pecados. Los actos de sanación del Señor no fueron para espectáculo, por eso a veces Jesucristo pidió a los sanados que no lo contaran, Mateo 8.4; 9.30; su propósito no fue hacer show, sino glorificar a su Padre, y dar testimonio de su poder salvador. Gracias a Dios, los milagros de sanación, siguen siendo un medio para que muchas personas crean en el Señor Jesús como su Mesías Salvador.

UNA VISIÓN EQUIVOCADA ACERCA DE ÉL.

Por sus sufrimientos. El Señor por medio del profeta Isaías anticipó que su pueblo tendría una visión equivocada en relación con los sufrimientos del Mesías. En primer lugar, como ya lo hemos explicado, los judíos no tenían el concepto de un Mesías que vendría a sufrir y morir; sino de un libertador civil; por eso mismo, sus discípulos peleaban por asegurar una buena posición en el reino, Marcos 9.33-35. Cuando vieron a su Maestro arrestado, cuando supieron de sus sufrimientos y muerte; creyeron que todo había terminado. Los discípulos pensaron que se habían equivocado, que Jesús no era el Mesías, porque estaba muerto. Por eso fueron al sepulcro con incertidumbre; creyeron hasta que vieron los lienzos envueltos; esto significaba que el Señor había dejado el sepulcro, Juan 20.2-8.

Como azotado de Dios. Los judíos pensaron que Jesús blasfemaba al presentarse como el Hijo de Dios, por lo que le condenaron a morir crucificado, creyendo que así agradaban a Dios. Ellos le tuvieron por azotado, herido, y abatido de Dios. Por ello al estar nuestro Señor en la cruz, los príncipes se burlaban se él, diciendo: “A otros hizo salvos, sálvese así, si éste es el Mesías, el escogido de Dios”.  Las gentes le escarnecían, y le insultaban, Lucas 23.35-37; meneaban sus cabezas para afrentarle, Mateo 27.39-44, incluso los ladrones que crucificaron con él, también le ofendían. Era una manera de decir: Dios está castigando a Jesús por decir que es su Hijo; se lo tiene merecido.

Por sus deseos materiales. ¿Por qué los judíos tuvieron una visión equivocaba, si las profecías son claras, así como la identidad de Jesús como el Hijo de Dios? Como ya lo hemos señalado, la principal razón fue que Dios permitió una ceguera espiritual en su pueblo. El Señor permitió que los judíos antepusieran sus necesidades materiales a las espirituales. Ellos no estaban preocupados por su vida espiritual, ni por la salvación de sus almas; sino por su bienestar material. De hecho, los sacerdotes dijeron que había llegado el momento de matar a Jesús, porque su ministerio ponía en riesgo la estabilidad social, económica y material del pueblo judío, Juan 11.46-54. Las cosas materiales son necesarias, pero no son las más importantes, pues todo lo material es pasajero; debemos buscar primero el reino de Dios, y su justicia, y las cosas materiales que necesitamos, nos serán añadidas, Mateo 6.33.

QUIEN SALVA NUESTRAS VIDAS.

Por medio de su muerte. Jesucristo vino con la misión de salvar nuestras vidas del pecado y la muerte eterna. La Palabra de Dios dice que la paga, el castigo o consecuencia del pecado es la muerte o separación de Dios, Romanos 6.23. Por lo tanto, para pagar nuestros pecados, Jesús tuvo que llevarlos sobre sí, como si él los hubiera cometido, y morir o ser separado del Padre, lo cual ocurrió en la cruz del calvario. Por eso dice el profeta Isaías: “Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados”. Los judíos le dijeron al Señor, que si realmente era el Mesías se bajara de la cruz; pero el hecho de que él permaneciera en ella es el testimonio de su verdad. La cruz de Cristo se convirtió en un tropezadero para los judíos, porque ellos dicen, ¿cómo puede Jesús ser el Mesías si murió en un madero? Y es locura a los gentiles, porque se preguntan ¿cómo puedo ser salvo en Jesús que no pudo librarse de la cruz? Pero la crucifixión de nuestro Señor Jesucristo, es un acto de poder, pues allí lavó todos nuestros pecados, y nos dio vida, 1 Corintios 1.21-24.

Como primer propósito. En primer lugar, Jesús le dijo al paralítico: “Tus pecados te son perdonados”; porque su propósito principal es salvarnos de nuestras rebeliones. Luego ante la crítica de los escribas, y para demostrar que tiene facultad y poder para perdonar pecados, le dijo al paralítico: “Levántate, toma tu cama, y vete a tu casa”. El Señor le salvó y luego le sanó. Jesucristo aun no iba a la cruz; pero como su crucifixión era un evento seguro; por eso perdonó los pecados del paralítico; y por eso el profeta Isaías anunció la muerte del Mesías como si ya hubiera acontecido, en tiempo pasado. La salud física es importante, pero lo es más la salvación de nuestra vida de todos nuestros pecados; ¿qué sentido tiene tener un cuerpo sano, que se dirige al tormento eterno?

De manera segura. El cuarto cántico del Siervo, también dice: “el castigo de nuestra paz sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados”. La salvación que Cristo da, produce una paz especial en el corazón del creyente. Es una tranquilidad permanente, no como la dan las riquezas o bienes temporales del mundo. Es la paz de saber que nuestra deuda de pecado ha sido pagada y estamos en buenas cuentas con Dios. La salvación en Cristo es segura, porque su sacrificio fue perfecto; y porque se basa en la promesa de Dios, quien nunca miente, y que dice: “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo tú, y tu casa”, Hechos 16.31. Por esta razón el profeta Isaías escribió: “por su llaga fuimos curados”; no escribió: “tal vez seamos curados”; ni tampoco: “quizá nos recuperemos”. La salvación en Jesucristo es inmediata y segura.

HERMANOS:

Es admirable saber que el Señor Jesucristo es el Médico divino, pero también el medicamento. La sangre preciosa de Cristo, derramada en la cruz del calvario, es la medicina eficaz contra el mortal pecado. Es como la sangre de aquellos que sobreviven a la mordedura de una serpiente; se vuelve un antídoto contra el veneno, que puede ayudar a otros, Juan 3.13,14. Cristo fue mordido por el pecado, y murió; pero resucitó, por eso su sangre tiene poder para lavar los pecados de todo el que cree en él como su Salvador, y le obedece, 1 Juan 1.7.

Podemos tener una medicina eficaz, pero si no se administra a nuestro cuerpo, no seremos sanados. De la misma manera, para ser salvo en Cristo, es necesario tenerle en el corazón. ¿Cómo se logra esto?; se requiere que reconozca sus pecados, y la terrible situación en la que se encuentra a causa de ellos, que es la de muerte eterna.  Es indispensable que crea en Cristo como el único medio para que usted sea lavado de sus pecados; pues sólo él pagó por usted. Si le pide a Dios que le perdone sus pecados; y le dice a Cristo, que cree en él como Salvador. El Señor le lavará de sus pecados, y le salvará. Dios hará su morada en su corazón; Jesús será el medicamento en su corazón que le sanará de manera espiritual, psicológica y emocional.

Si se encuentra enfermo físicamente, Jesús también le puede sanar conforme a su voluntad. Pero si el plan del Señor es que usted sea probado por medio de una enfermedad, como en el caso del apóstol Pablo, 2 Corintios, 12.7-10; debe saber que el Señor le fortalecerá por medio del Espíritu Santo, para que no desmaye en su vida espiritual.

Tome en cuenta que las enfermedades para el cristiano son temporales; pues Jesucristo salvó nuestra alma y cuerpo. Y él nos glorificará para que disfrutemos de la presencia de Dios, y su maravilloso reino por la eternidad, con un alma y cuerpo perfectos e incorruptibles.

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