Archivos diarios: 12/04/17

El Pastor que dio su vida por sus ovejas

5 JUEVES

“EL PASTOR QUE DIO SU VIDA POR SUS OVEJAS”, Isaías 53.6. De la serie: “El Siervo de Dios”

cordero-pascual

6  Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino: mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros.

Desde sus inicios el pastoreo de ovejas, ha sido un oficio especial en el pueblo de Israel. Los pastores obtienen de sus ovejas, lana, cuero o piel, cuernos para ser usados como trompetas o recipientes de líquidos, carne, leche y queso. En los tiempos del Antiguo Testamento, además de que los israelitas se beneficiaban de estos productos; empleaban a sus ovejas para los sacrificios que la ley de Dios debandaba como símbolo de la expiación por el Mesías.

En el 4º Cántico del Siervo, el profeta Isaías nos presenta a los pecadores como ovejas descarriadas. Es un símil, poderosamente ilustrativo, como lo veremos en este mensaje.

El Mesías, es el Buen Pastor que dio su vida por sus ovejas, con el propósito de que tengamos vida eterna. El Señor Jesús también cumplió esta porción de la Palabra de Dios. Veamos de qué manera lo hizo.

PORQUE NOS DESCARRIAMOS

Todos nosotros. En este versículo de las Escrituras, el profeta Isaías volvió a incluirse, él escribió: “todos nosotros”. El profeta reconoció que él también era una oveja descarriada. Esta es la condición de toda la humanidad; porque al ser descendientes de Adam, quien desobedeció y pecó ante Dios, todos nosotros somos pecadores desde el momento de nuestra concepción, y estamos descarriados o lejos de Dios. Nos preguntamos, ¿por qué llevamos el pecado de la desobediencia de Adam, si ni siquiera habíamos nacido? Porque Adam era nuestro representante; lo que él hiciera sería cargado a nuestra cuenta, ya sea la obediencia o el pecado, Romanos 5.18,19.

Cada cual se apartó por su camino. No veremos un acto circense realizado por ovejas, porque son animales muy desorientados, se pierden con facilidad. Por eso la Palabra de Dios dice que somos como ovejas descarriadas; porque Dios nos hizo perfectos, pero cada uno de nosotros se descarrió, se apartó por su camino. Si bien el pecado entró a nuestras vidas por la desobediencia de Adam; tenemos que reconocer que nosotros hemos añadido a nuestra cuenta muchos pecados; delitos que hemos cometido por decisión propia, sólo nosotros somos responsables de ellos, no podemos culpar a nadie. Lo terrible del pecado es que ha apartado a la humanidad de Dios, y la ha llevado por caminos que terminan en muchos problemas, y en condenación eterna, Eclesiastés 7.29; Romanos 3.23, 6.23.

Sin poder retornar al redil de Dios. Las ovejas que se descarrían, están condenadas a morir si no son halladas de su pastor. Ellas no pueden orientarse para regresar al corral; no poseen garras, ni colmillos afilados para defenderse; tampoco pueden asearse por sí solas, se han encontrado ovejas sufriendo por lo abundante de su lana, y por las bolas de tierra que se forman en ella. Los seres humanos como ovejas descarriadas, no podemos hacer nada por nosotros mismos para retornar al redil del Señor. No tenemos capacidad para lavarnos de nuestros pecados, ni para librarnos de la muerte eterna, que es la separación definitiva de Dios en el lago de fuego. No podemos hacer nada porque el pecado, nos ha quitado la capacidad de desear y buscar a Dios de forma natural, somos como muertos, que nada pueden hacer, Efesios 2.1. Necesitamos del Buen Pastor.

POR LA PROMESA DE DIOS.

Movido por su misericordia. El Señor, al ver nuestra incapacidad para volver a Él, por su amor prometió enviar a su Hijo al mundo; para ser el Buen Pastor que nos lleve de regreso a Dios. Al leer las Escrituras, puede ser que a algunos les parezca que Dios es cruel, por los castigos que aplicó a pueblos que fueron destruidos, por ejemplo, Sodoma y Gomorra. Pero estos castigos del Señor fueron justos; pues fueron dados en la medida de los pecados de aquellos pueblos. Dios es Justo, y ciertamente es Terrible, porque es Infinito en su poder; pero la Palabra de Dios, también nos muestra que el Señor es Grande en Misericordia. Cuando Adam desobedeció, Dios tenía el derecho de dejar a toda la humanidad descarriada y perdida. Sin embargo, prometió darnos a su Hijo para salvarnos de nuestros pecados, Génesis 3.15, Juan 3.16.

De manera fiel. El Señor, en su fidelidad, cumplió su promesa y envió a su Hijo, para salvarnos de nuestros pecados y de la condenación eterna. Es verdad que los sacerdotes, escribas y ancianos de Israel, condenaron a Jesús a morir crucificado; es cierto que el gobernador Pilato no libró al Señor aun siendo inocente de delitos, y le entregó a muerte; también es verdad, que los soldados romanos fueron quienes ejecutaron la sentencia de muerte, y crucificaron al Señor Jesucristo. Sin embargo, la Palabra de Dios nos dice, sin quitar la responsabilidad a los verdugos del Señor, que fue el Padre Celestial, quien entregó a Jesús para salvarnos. Si el Padre no hubiera hecho esto, nadie le hubiera tocado un cabello a Cristo. Cuánto amor tiene Dios hacia nosotros que no nos negó a su Hijo, Romanos 8.32. Fue el Señor quien entregó a su Hijo, y lo hizo para lavar a sus ovejas de sus pecados, incluidos los nuestros. Por eso no debemos tener sentimientos de odio contra el pueblo de Israel.

Y deseo de su Hijo Amado. Lo expuesto en el punto anterior, no significa que el Hijo de Dios fue obligado a encarnarse y morir en nuestro lugar. Las Santas Escrituras nos enseñan que el Padre determinó darnos a su Hijo; pero también nos dicen que el Hijo, tuvo a bien venir y ofrecerse en sacrificio para lavar nuestros pecados, él quiso hacerlo. Por ello nuestro Señor Jesucristo dijo: “Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida, para volverla a tomar. Nadie me la quita, mas yo la pongo de mí mismo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar. Este mandamiento recibí de mi Padre”, Juan 10.17,18. Esto nos muestra la Grandeza de nuestro Dios Trino y Uno; en la Trinidad hay amor infinito, unidad, y acuerdo en armonía. El Dios Vivo y Verdadero es Perfecto; los ídolos son tan imperfectos como sus inventores.

ES EL SEÑOR JESUCRISTO.

Quien dejó su reino celestial. Cuando un pastor se daba cuenta que hacía falta una oveja en su rebaño, dejaba la comodidad y seguridad de su hogar, y se dirigía a los peligroso valles y montañas, hasta que la hallaba y la regresaba a casa. El rey David, hizo esto por sus ovejas, y las arrebató de leones y osos, 1 Samuel 17.34-36. Jesucristo es el Buen Pastor, porque dejó su casa celestial, y vino como Dios y hombre, en un estado de humillación, a sufrir las miserias de este mundo, con el propósito de hallarnos y volvernos al hogar de Dios.

Porque murió en nuestro lugar. Los pastores hebreos arriesgaban sus vidas al ir en rescate por sus ovejas. Jesús el Buen Pastor, dio su vida por sus ovejas. Jesucristo nunca cometió delitos, sin embargo, murió crucificado, porque llevó sobre sí todos nuestros pecados, y cumplió todas las demandas de la ley divina, con sus sufrimientos infernales y muerte en la cruz. De esta manera nos libró de tener que sufrir la paga de nuestras iniquidades. “Las ovejas” del Buen Pastor, no se limitan al pueblo de Israel, nos incluyen a los gentiles; por eso el Señor Jesucristo dijo: “También tengo otras ovejas que no son de este redil; aquellas también me conviene traer, y oirán mi voz; y habrá un rebaño, y un pastor”, Juan 10.16.

Quien resucitó y va al frente de su pueblo. Así como Jesucristo es el Médico y el medicamento; Él es el Buen Pastor, y también es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, Juan 1.29. Después de morir como un Codero por nosotros, el Señor Jesucristo, resucitó al tercer día, así venció el poder de la muerte, y aseguró nuestra redención. Pasados cuarenta días, el Señor ascendió a su reino celestial, y está a la diestra del Padre, para interceder por nosotros. También que está con nosotros, porque es Omnipresente. Los pastores israelitas, acostumbraban guiar a su rebaño caminando al frente. Así Jesucristo, ha tomado la delantera, y nos ha dejado su ejemplo para que sigamos sus pisadas, 1 Pedro 2.21. Por esto, como lo expresa el Salmo 23, andamos en un valle de sombra de muerte, pero no tenemos temor, porque nuestro Pastor nos infunde aliento al ir al frente, nos da seguridad y dirección con su vara y cayado.  A propósito, observemos que la Palabra de Dios, dice: “valle de sombre de muerte”, no es el valle de muerte, sino de “sombra”; porque nuestro Buen Pastor, nos ha librado del poder de la muerte eterna. Podemos morir físicamente, pero nuestra alma vivirá con Dios, y nuestro cuerpo será resucitado por el Señor.

HERMANOS:

Una oveja no puede vivir sin su pastor. Sin Cristo, todo hombre está condenado a permanecer descarriado y morir. Sólo Jesucristo es el Buen Pastor que salva nuestras vidas, porque él se ofreció en sacrificio perfecto.

Si usted aun no goza de salvación, pida perdón a Dios por sus pecados, y dígale a Cristo que sea su Pastor, que le lave de todas sus maldades, y le retorne a Dios.

El Diablo luchará por guiarle, de manera que usted siga por sendas de perdición. Él es ladrón y destructor. No le escuche.

Escuche a Jesucristo. Si usted cree en Jesús como su Salvador y Buen Pastor, él le dará vida eterna en los cielos, y le guiará a buenos pastos, es decir a grandes bendiciones.

Si ya es oveja del Señor, esté atento, a la voz de Cristo: sus ovejas oyen su voz y le siguen, Juan 10.2-4. La voz de nuestro Pastor se encuentra en las Santas Escrituras. Por eso debemos disfrutar de su lectura, meditación, estudio y memorización; de manera que podamos conocer la voluntad del Señor y ejecutarla en nuestras vidas, de esta manera seremos buenas ovejas, para honra y Gloria de nuestro Señor.

El Médico divino

4 MIÉRCOLES

“EL MÉDICO DIVINO”, Isaías 53.4,5. De la serie “El Siervo de Dios”

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4 Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido.

5 Mas él herido fué por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados: el castigo de nuestra paz sobre él; y por su llaga fuimos nosotros curados.

Los médicos realizan una noble y necesaria profesión para nuestras vidas. Seguramente que todos nosotros, en algún momento de nuestra vida, hemos consultado a un médico, y hemos sido sanados por medio de los medicamentos que nos recetó. Gracias a Dios vivimos en tiempos de grandes adelantos en la ciencia médica. Sin embargo, hay enfermedades o grados de enfermedades que los médicos no pueden sanar. Ante estos males, sólo hay una esperanza, y es Jesucristo, el Médico divino.

QUIEN LLEVÓ NUESTRAS ENFERMEDADES.

En su propia vida. Escribe el profeta Isaías: “Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores”. Dos cosas, entre otras, podemos decir de esta frase. Primero, la Palabra de Dios nos comunica la seguridad de la obra sanadora del Mesías; es una certeza. No se trata de actos mentirosos de sanación, sino de hechos verdaderos, en los que las enfermedades son erradicadas de forma total. Lo segundo es que para sanarnos el Médico divino sufrió nuestras enfermedades en su cuerpo. Esto no sucede con los médicos ordinarios; la mayoría de las veces ellos no conocen en experiencia propia, lo que los pacientes sienten por las enfermedades, ni por los medicamentos o procedimientos que se les aplican. Un médico comentó que cuando él recibió un medicamento que solía aplicar, y vivió los dolores que genera; le pidió perdón a Dios por las veces que había sido inconsciente con los enfermos. Pero Jesucristo, al ir a la cruz del calvario y pagar nuestros pecados, también ganó sanidad para nuestras enfermedades físicas, psicológicas, y emocionales; para esto él sufrió todos nuestros males; y los sanó de forma contundente.

Con milagros poderosos. La demostración de que el Señor Jesús es el Mesías, fueron los milagros de sanidad que realizó en su ministerio terrenal. Jesucristo, sanó a: paralíticos, Mateo 9.1-8; ciegos, Juan 9.1-7; personas con extremidades secas, Marcos 3.1-5; leprosos, Mateo 8.1-4; endemoniados, Mateo 8.14-16; personas con flujo de sangre, Mateo 9.20-22; y gente de diversas enfermedades, Mateo 4.23,24. Todos estos actos fueron milagros, hechos sobre naturales en los que Jesús sanó lo que los médicos no podían, ni aun pueden. Jesucristo, conforme a su voluntad, sigue haciendo milagros de sanidad, y en la iglesia hemos sido testigos del poder del Señor, en casos reales de sanación. ¿Está usted enfermo? Haga oración con fe, y Jesucristo se manifestará de forma sorprendente.

Para dar evidencia de su identidad. El profeta Isaías anunció que el Mesías se identificaría por sanar enfermedades. Y sabemos que Jesús es el Mesías porque sanó a muchos enfermos; el evangelista Mateo nos dice que Jesús cumplió lo dicho por el profeta Isaías, Mateo 8.17. Los milagros de sanidad son la evidencia de la divinidad del Señor Jesucristo; dan testimonio de su identidad como el Hijo de Dios, el Mesías enviado para salvarnos de nuestros pecados. Los actos de sanación del Señor no fueron para espectáculo, por eso a veces Jesucristo pidió a los sanados que no lo contaran, Mateo 8.4; 9.30; su propósito no fue hacer show, sino glorificar a su Padre, y dar testimonio de su poder salvador. Gracias a Dios, los milagros de sanación, siguen siendo un medio para que muchas personas crean en el Señor Jesús como su Mesías Salvador.

UNA VISIÓN EQUIVOCADA ACERCA DE ÉL.

Por sus sufrimientos. El Señor por medio del profeta Isaías anticipó que su pueblo tendría una visión equivocada en relación con los sufrimientos del Mesías. En primer lugar, como ya lo hemos explicado, los judíos no tenían el concepto de un Mesías que vendría a sufrir y morir; sino de un libertador civil; por eso mismo, sus discípulos peleaban por asegurar una buena posición en el reino, Marcos 9.33-35. Cuando vieron a su Maestro arrestado, cuando supieron de sus sufrimientos y muerte; creyeron que todo había terminado. Los discípulos pensaron que se habían equivocado, que Jesús no era el Mesías, porque estaba muerto. Por eso fueron al sepulcro con incertidumbre; creyeron hasta que vieron los lienzos envueltos; esto significaba que el Señor había dejado el sepulcro, Juan 20.2-8.

Como azotado de Dios. Los judíos pensaron que Jesús blasfemaba al presentarse como el Hijo de Dios, por lo que le condenaron a morir crucificado, creyendo que así agradaban a Dios. Ellos le tuvieron por azotado, herido, y abatido de Dios. Por ello al estar nuestro Señor en la cruz, los príncipes se burlaban se él, diciendo: “A otros hizo salvos, sálvese así, si éste es el Mesías, el escogido de Dios”.  Las gentes le escarnecían, y le insultaban, Lucas 23.35-37; meneaban sus cabezas para afrentarle, Mateo 27.39-44, incluso los ladrones que crucificaron con él, también le ofendían. Era una manera de decir: Dios está castigando a Jesús por decir que es su Hijo; se lo tiene merecido.

Por sus deseos materiales. ¿Por qué los judíos tuvieron una visión equivocaba, si las profecías son claras, así como la identidad de Jesús como el Hijo de Dios? Como ya lo hemos señalado, la principal razón fue que Dios permitió una ceguera espiritual en su pueblo. El Señor permitió que los judíos antepusieran sus necesidades materiales a las espirituales. Ellos no estaban preocupados por su vida espiritual, ni por la salvación de sus almas; sino por su bienestar material. De hecho, los sacerdotes dijeron que había llegado el momento de matar a Jesús, porque su ministerio ponía en riesgo la estabilidad social, económica y material del pueblo judío, Juan 11.46-54. Las cosas materiales son necesarias, pero no son las más importantes, pues todo lo material es pasajero; debemos buscar primero el reino de Dios, y su justicia, y las cosas materiales que necesitamos, nos serán añadidas, Mateo 6.33.

QUIEN SALVA NUESTRAS VIDAS.

Por medio de su muerte. Jesucristo vino con la misión de salvar nuestras vidas del pecado y la muerte eterna. La Palabra de Dios dice que la paga, el castigo o consecuencia del pecado es la muerte o separación de Dios, Romanos 6.23. Por lo tanto, para pagar nuestros pecados, Jesús tuvo que llevarlos sobre sí, como si él los hubiera cometido, y morir o ser separado del Padre, lo cual ocurrió en la cruz del calvario. Por eso dice el profeta Isaías: “Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados”. Los judíos le dijeron al Señor, que si realmente era el Mesías se bajara de la cruz; pero el hecho de que él permaneciera en ella es el testimonio de su verdad. La cruz de Cristo se convirtió en un tropezadero para los judíos, porque ellos dicen, ¿cómo puede Jesús ser el Mesías si murió en un madero? Y es locura a los gentiles, porque se preguntan ¿cómo puedo ser salvo en Jesús que no pudo librarse de la cruz? Pero la crucifixión de nuestro Señor Jesucristo, es un acto de poder, pues allí lavó todos nuestros pecados, y nos dio vida, 1 Corintios 1.21-24.

Como primer propósito. En primer lugar, Jesús le dijo al paralítico: “Tus pecados te son perdonados”; porque su propósito principal es salvarnos de nuestras rebeliones. Luego ante la crítica de los escribas, y para demostrar que tiene facultad y poder para perdonar pecados, le dijo al paralítico: “Levántate, toma tu cama, y vete a tu casa”. El Señor le salvó y luego le sanó. Jesucristo aun no iba a la cruz; pero como su crucifixión era un evento seguro; por eso perdonó los pecados del paralítico; y por eso el profeta Isaías anunció la muerte del Mesías como si ya hubiera acontecido, en tiempo pasado. La salud física es importante, pero lo es más la salvación de nuestra vida de todos nuestros pecados; ¿qué sentido tiene tener un cuerpo sano, que se dirige al tormento eterno?

De manera segura. El cuarto cántico del Siervo, también dice: “el castigo de nuestra paz sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados”. La salvación que Cristo da, produce una paz especial en el corazón del creyente. Es una tranquilidad permanente, no como la dan las riquezas o bienes temporales del mundo. Es la paz de saber que nuestra deuda de pecado ha sido pagada y estamos en buenas cuentas con Dios. La salvación en Cristo es segura, porque su sacrificio fue perfecto; y porque se basa en la promesa de Dios, quien nunca miente, y que dice: “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo tú, y tu casa”, Hechos 16.31. Por esta razón el profeta Isaías escribió: “por su llaga fuimos curados”; no escribió: “tal vez seamos curados”; ni tampoco: “quizá nos recuperemos”. La salvación en Jesucristo es inmediata y segura.

HERMANOS:

Es admirable saber que el Señor Jesucristo es el Médico divino, pero también el medicamento. La sangre preciosa de Cristo, derramada en la cruz del calvario, es la medicina eficaz contra el mortal pecado. Es como la sangre de aquellos que sobreviven a la mordedura de una serpiente; se vuelve un antídoto contra el veneno, que puede ayudar a otros, Juan 3.13,14. Cristo fue mordido por el pecado, y murió; pero resucitó, por eso su sangre tiene poder para lavar los pecados de todo el que cree en él como su Salvador, y le obedece, 1 Juan 1.7.

Podemos tener una medicina eficaz, pero si no se administra a nuestro cuerpo, no seremos sanados. De la misma manera, para ser salvo en Cristo, es necesario tenerle en el corazón. ¿Cómo se logra esto?; se requiere que reconozca sus pecados, y la terrible situación en la que se encuentra a causa de ellos, que es la de muerte eterna.  Es indispensable que crea en Cristo como el único medio para que usted sea lavado de sus pecados; pues sólo él pagó por usted. Si le pide a Dios que le perdone sus pecados; y le dice a Cristo, que cree en él como Salvador. El Señor le lavará de sus pecados, y le salvará. Dios hará su morada en su corazón; Jesús será el medicamento en su corazón que le sanará de manera espiritual, psicológica y emocional.

Si se encuentra enfermo físicamente, Jesús también le puede sanar conforme a su voluntad. Pero si el plan del Señor es que usted sea probado por medio de una enfermedad, como en el caso del apóstol Pablo, 2 Corintios, 12.7-10; debe saber que el Señor le fortalecerá por medio del Espíritu Santo, para que no desmaye en su vida espiritual.

Tome en cuenta que las enfermedades para el cristiano son temporales; pues Jesucristo salvó nuestra alma y cuerpo. Y él nos glorificará para que disfrutemos de la presencia de Dios, y su maravilloso reino por la eternidad, con un alma y cuerpo perfectos e incorruptibles.

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