El Salvador despreciado.

3 MARTES

“EL SALVADOR DESPRECIADO”, Isaías 53.3.

3 Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto: y como que escondimos de él el rostro, fué menospreciado, y no lo estimamos. 

La Palabra de Dios nos dice que peca el que menosprecia a su prójimo, Proverbios 14.21. Los judíos aun conociendo esta porción de Palabra de Dios, no solamente menospreciaron, sino que crucificaron al Mesías. Si bien esto fue un pecado del cual aquellos que lo cometieron son responsables; Dios lo permitió para llevar a cabo su plan de salvación. Hoy hablaremos de la manera en que nuestro Salvador fue despreciado.

DESECHADO DE LOS HOMBRES.

Desde su advenimiento. El nacimiento del Mesías fue anunciado por ángeles a los pastores, quienes confirmaron esta buena noticia, al visitar al Señor Jesús en el pesebre. También fue notificado a los magos del oriente, quienes guiados por una estrella, llegaron a Jerusalem, y preguntaron por el Rey de los judíos que había nacido. Los sacerdotes y escribas informaron a Herodes, que el lugar del nacimiento era Bethlehem. El rey Herodes y toda Jerusalem se turbaron. Herodes actuó en contra de Jesús, y mandó matar los niños de Bethlehem para deshacerse del Rey de los judíos, pero no lo logró. ¿Qué pasó con los judíos? Los hechos nos indican que ignoraron la noticia del nacimiento del Mesías, le desecharon. Los hechos nos indican que la gente no creyó en el testimonio de los pastores. Y observamos que los sacerdotes y escribas, no tuvieron interés por confirmar la noticia del Nacimiento del Mesías; no le buscaron, ellos le desecharon.

En su ministerio. A la edad de 30 años el Señor Jesús comenzó su ministerio terral. No hubo pecado, ni maldad en él. Su comportamiento, y enseñanzas fueron y son sublimes. Sin embargo, fue despreciado y desechado. En buena parte por su origen humilde, pues nació en el pequeño pueblo de Bethlehem, y creció en la sencilla comunidad de Nazareth de Galilea; aun Natanael dijo: “¿De Nazareth puede haber algo bueno?”. ¿De qué otras maneras, el Mesías fue desechado? Sus hermanos uterinos pensaron que el Señor Jesús estaba fuera de sí, y al principio no creyeron en él, Marcos 3.21; Juan 7.5. Los judíos intentaron apedrearle, porque el Señor dijo ser antes de Abraham, Juan 8.58,59. En otra ocasión también pretendieron apedrearle, porque según ellos Jesucristo blasfemaba al decir que es Dios, Juan 10.30-39. Los de la sinagoga, llenos de ira, quisieron despeñarle porque no les agradó su enseñanza, Lucas 4.38-30. Los judíos le llamaron endemoniado, Juan 7.20; y los fariseos atribuyeron su poder para echar fuera demonios a Beelzebub, blasfemando contra el Espíritu Santo, en cuyo poder el Señor Jesús realizó sus milagros. Las gentes despreciaron a Jesús por su humildad de corazón; y esto fue necesario para que él, se ofreciera en sacrificio perfecto para lavar nuestros pecados.

Pero amado del Padre Celestial. Si bien el Señor Jesús fue despreciado de los hombres; fue amado por el Padre celestial. Después de que el Señor fue bautizado, los cielos fueron abiertos, y el Espíritu de Dios descendió como paloma, sobre él. Entonces una voz de los cielos dijo: “Este es mi Hijo amado, en el cual tengo contentamiento”, Mateo 3.16,17. Fue la voz del Padre manifestando su amor y agrado hacia Jesucristo. Luego en la transfiguración del Señor, los discípulos pudieron escuchar la voz del Padre que dijo: “Este es mi Hijo amado, en el cual tomo contentamiento; a él oíd”, Mateo 17.5. Y en otra ocasión se oyó la voz del Padre que dijo: “Y lo he glorificado, y lo glorificaré otra vez”, Juan 12.27-30. El amor, aceptación y contentamiento del Padre hacía Jesucristo, le motivó para realizar su misión salvadora superando el desprecio de las gentes. A nosotros como hijos de Dios, el mundo también nos aborrece, Juan 15.18; pero no debemos desalentarnos, ni apartarnos del evangelio; pues gozamos del amor y aceptación de Dios, por medio de nuestro Señor Jesús, Efesios 1.6.

VARÓN DE DOLORES.

Ante la miseria del hombre. El profeta Isaías también anunció que el Mesías sería varón de dolores, experimentado en quebranto. Lo primero que observamos es que se trata de un varón, no de una mujer. No porque la mujer sea inferior, sino porque necesitábamos de un nuevo representante. Nuestro primer representante federal fue Adam, quien pecó, por lo que su desobediencia y caída fueron cargados a la cuenta de todos sus descendientes, incluidos nosotros. Dios en su misericordia nos dio un segundo y último Adam, que es Cristo. Él cumplió las demandas de la ley divina, y pagó con su muerte nuestros pecados, Romanos 5.17-21; 1 Corintios 15.21-23. El Espíritu Santo es quien se encarga de aplicar a la cuenta de los elegidos, la justicia de Cristo en la cruz, cuando creemos en Cristo como nuestro Salvador. Como nuestro segundo Adam, Jesucristo experimentó muchos dolores y quebrantos: morales, físicos, y espirituales. Uno de ellos fue su dolor ante la miseria del hombre. Por esto mismo el Señor se esforzó y rodeó las ciudades y aldeas, enseñando, predicando el evangelio, y sanando toda enfermedad. El Señor tuvo compasión de las gentes, porque estaban derramadas como ovejas sin pastor, Mateo 9.35,36. ¿Tenemos dolor por la miseria en que viven los incrédulos? También debemos esforzarnos por predicarles el evangelio de salvación, de manera que tengan vida en abundancia.

Por la dureza del corazón de su pueblo. Otra de las causas de los dolores del Señor fue el insistente rechazo del pueblo judío, al amor del Señor Jesús, quien quiso cobijarlos como la gallina a sus pollos; pero ellos no quisieron. El pueblo del Señor fue tan duro de corazón que no solamente le resistió, sino que también mató a muchos de sus profetas, Lucas 13.34. Es un mal terrible despreciar a Jesús, y rechazarle. De hecho, el hombre es condenado en sus pecados por no creer en él, por rechazarle; por amar las tinieblas, en lugar de la Luz del Señor, Juan 3.18-21. Si usted aun no es salvo, arrepiéntase de sus pecados, y crea en Jesucristo como su único Salvador; si lo hace Dios se gozará en su vida. Si ya es salvo en Cristo, recuerde que debemos vivir de tal manera que agrademos a Dios; en lugar de contristar al Espíritu Santo, Efesios 4.30.

Porque sufrió la ira de Dios. Pero el más grande dolor de nuestro Señor fue sufrir la ira del Padre por nuestros pecados. Por ello, momentos antes de ir a la cruz, nuestro Salvador, estuvo triste hasta la muerte, y experimentó temor ante la copa de la ira divina que él iba a beber, Mateo 26.37-39; Hebreos 5.7. Este dolor lo vemos expresado en todo el proceso de crucifixión: los azotes al Señor; la corona de espinas; los golpes y heridas en su cabeza; los clavos en sus manos y pies; la terrible sed del Señor. Así como en el dolor infernal de la separación de Jesús de su Padre. Al estar llevando nuestros pecados, toda vez que Dios es Santo, el Padre, dejó solo a Cristo en la cruz. Allí el Señor sufrió los más terribles dolores físicos y espirituales, por eso clamó: “Dios mío, Dios mío; ¿por qué me has desamparado?”, Mateo 27.46. Así se cumplieron las profecías.

NOS ESCONDIMOS DE ÉL.

Incomprendido. Isaías también profetizó que esconderíamos nuestro rostro al Mesías. Esto se cumplió en diferentes maneras en la vida de nuestro Señor Jesús. Podemos mencionar entre ellas, la incomprensión. Jesús realizó su ministerio terrenal sin contar realmente con el apoyo de su familia, ni siquiera de sus discípulos; porque ellos no entendieron la doctrina de la cruz. Cuando nuestro Salvador declaró a sus discípulos, que le convenía ir a Jerusalem, ser muerto y resucitar al tercer día; Pedro, le reprendió y le dijo: “Señor, ten compasión de ti: en ninguna manera esto te acontezca”, Mateo 16.21-23. Fue hasta después de la resurrección del Señor, y la venida del Espíritu Santo, que ellos comprendieron las palabras de nuestro Redentor. Cuán difícil fue para nuestro Salvador caminar sin que la gente comprendiera su misión.

Condenado a morir. Los sacerdotes, escribas, y ancianos de Israel, condenaron a Jesús a morir acusándole de blasfemia. Realizaron un juicio a todas luces contrario a la ley, por ejemplo, el hecho de que se realizara de forma oculta, en la madrugada. Se cometió una gran injusticia, pues condenaron a Cristo, bajo la base de su identidad: “Ser el Hijo de Dios”. Estas autoridades judías fueron movidas por envidia, por intereses materiales y egoístas; pero, ¿qué del pueblo que había sido beneficiado con las enseñanzas y milagros del Señor? Cuando el gobernador de Judea, Pilato, presentó al pueblo, a Jesús y a Barrabás, y preguntó a quién querían que soltara, ellos pidieron que liberara al delincuente Barrabás, y crucificara a Jesús, Mateo 27.15-26. Así Israel escondió de Él rostro; no le apoyaron, ni le respaldaron.

Abandonado por los suyos. La profecía de Isaías también se cumplió en el momento en que sus discípulos le abandonaron, Mateo 26.56. Al ver a su Maestro arrestado, llenos de temor, ellos le dejaron. Pedro quien había prometido dar su vida por él, le negó tres veces, y luego se apartó, Mateo 26.58,75. Sólo Juan permaneció cerca del Señor; pero los demás escondieron de él el rostro. Sin embargo, la misericordia del Señor fue tan grande que cuando resucitó, el ángel le dijo a las mujeres, que anunciaran a sus discípulos, y en especial a Pedro, que el Señor Jesús los vería en Galilea, Marcos, 16.7; él los había perdonado, pues había pagado sus pecados en la cruz, incluido su abandono y deslealtad.

HERMANOS:

El profeta Isaías escribió en el cuarto cántico del Siervo: “Escondieron de él el rostro”; sino “escondimos de él el rostro”. Se incluyó porque entendió que el Mesías vendría a pagar también por sus pecados.

El Señor Jesucristo fue menospreciado y muerto en la cruz, también por nuestras iniquidades. Durante el tiempo que no teníamos el gozo de la Salvación, muchas veces escondimos nuestro rostro al Señor, no queríamos saber nada del evangelio. Hasta que fuimos alcanzados por su gracia. Es muy importante que no escondamos más el rostro a nuestro Salvador. Seamos fieles a él, y presentémosle con satisfacción y gozo a nuestros familiares, amigos, compañeros y vecinos; para que él no se avergüence de nosotros, Mateo 10.32,33.

Muchas gentes siguen despreciando a Jesús. Pero no se puede menospreciar y rechazar a Jesucristo, sin sufrir la terrible consecuencia de la muerte eterna. Quienes rechacen a Cristo, se lamentarán mucho, cuando él venga otra vez con las nubes. Se lamentarán porque su situación de perdición ya no tendrá solución. Por eso, hoy reciba a Cristo, creyendo en él como su Salvador.

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