Santidad que da victoria.

De la serie “Yo y mi casa serviremos a Jehová”

En el mensaje anterior, vimos que el Señor inició la conquista de la tierra de Canaán, del lado occidental, con la destrucción de Jericó. La segunda batalla que Israel enfrentó, después de cruzar el Jordán, fue una experiencia amarga, de la cual aprendieron mucho. Nosotros también tenemos enseñanzas importantes para nuestra vida. Veamos lo que la Palabra de Dios nos presenta.

PECADO Y DERROTA, Josué 7.

Hai, el nuevo objetivo. Israel continuó con la conquista de Canaán, y se dirigió hacia Hai, una ciudad en la parte central de la tierra. Sin consultar al Señor, Josué mandó inspeccionarla. Los espías informaron a Josué que la ciudad era pequeña, tenía 12,000 habitantes; por lo que no tenía que ir todo el ejército para tomarla, bastarían dos mil o tres mil hombres. Josué mandó un ejército de tres mil hombres, los cuales fueron derrotados, y 36 israelitas murieron en la batalla. Los israelitas tuvieron que huir avergonzados y desalentados.

La queja de Josué. Josué le preguntó al Señor por qué había hecho pasar a su pueblo el Jordán, y ser derrotados por sus enemigos. Dios le contestó a su siervo, que la razón del fracaso de Israel, fue que había anatema, es decir, alguien había desobedecido el mandamiento del Señor de no tomar las cosas que había en Jericó cuando la destruyeron. De manera que debía buscarse entre las tribus y familias al infractor. Fue hallado Acán, quien tomó un manto babilónico o capa para príncipes, de alto valor; 200 ciclos de plata, que son como $24,000.00; y una barra de oro de unos 600 gramos; si fueran de 24 quilates, son $430,000.00; muy buena cantidad, que ayudaría para muchas cosas, ¿verdad? El manto debió ser destruido y la plata y el oro llevados a los tesoros de Dios; pero no a la tienda de Acán.

El castigo para Acán. Dios mandó que Acán, su familia, y todo lo que tenían fueran quemados. Por lo que después de ser apedreados, Acán, su familia, sus animales, y lo tomado del anatema, fueron quemados. Parece cruel, injusta, y exagerada, la disciplina del Señor; sin embargo, es Justa y misericordiosa. Consideremos lo siguiente:

  1. Acán no confió en Dios, por eso desobedeció y tomó del anatema (dedicado a ser destruido); cuando Dios mandó a su pueblo no tomar las cosas de Jericó, el mensaje fue el siguiente: “Ustedes dependen de mí, y por ahora no necesitan del despojo”.
  2. Acán puso en riesgo a todo el pueblo. Así lo entendió Josué, por eso se preocupó mucho por la derrota de Israel. Pues sabía que los cananeos interpretarían su fracaso de la manera siguiente: “¿Por qué debemos tener temor al Dios de Israel?, ahora vemos que no es invencible”, “Vayamos y destruyamos a los israelitas”. Acán pensó en su propio benefició y afectó a los demás.
  3. Por el egoísmo, y avaricia de Acán, Israel fue derrotado, y 36 hombres murieron. Había duelo en todo el pueblo, pero en particular en 36 hogares; 36 familias habían perdido un miembro amado e importante: un padre, hijo o hermano.
  4. No hubo arrepentimiento. Dios sabía quién había cometido anatema. La selección por tribus y familias, fue un acto de misericordia, para que el infractor, se presentara y dijera: “no tienen que seguir buscando, fui yo, tengan misericordia de mí”. Pero ni Acán, ni algún miembro de su familia, se acercó con arrepentimiento para confesar su delito. Todo nos indica que hubo complicidad de la familia de Acán, ¿qué hubiera hecho usted como esposa o hijo, al saber que Dios buscaba al que había cometido anatema? Si no hubo arrepentimiento, tampoco hubo fe en la misericordia de Dios para perdonar. Si Acán y su familia, se hubieran arrepentido de su pecado, y hubieran creído en el poder del Señor para lavar los pecados; Dios les hubiera redimido de esta falta.

Debemos buscar la santidad. El pecado además de afectar nuestra relación con Dios, daña a nuestra familia y a la Iglesia. No se puede pecar, sin que haya consecuencias colaterales. Gracias a Dios el Espíritu Santo nos santifica, pero es también nuestro privilegio, vivir en santidad, apartarnos del pecado. ¿Qué debemos hacer si hemos cometido anatema, es decir, hemos desobedecido al Señor? Acerquémonos a Dios en oración, confesemos nuestro pecado, y apartémonos de él, creamos en Cristo como nuestro abogado, para librarnos de nuestros pecados. Dios tendrá misericordia para perdonarnos. No endurezcamos nuestro corazón como Acán, pues ya vimos que el pecado genera, derrota y muerte, sus consecuencias son terribles.

PERDÓN DE DIOS Y TRIUNFO, Josué 8.

El anatema en Israel era un motivo suficiente para que Dios rechazara a su pueblo, y no les diera la tierra de Canaán; sin embargo, El Señor movido por su fidelidad y misericordia, cumplió su promesa de darles una patria. Dios ordenó a Josué levantarse y subir contra Hai, porque la entregaría en su mano; y además les daría el despojo; consideremos la gran bondad y amor del Señor Todopoderoso.

Israel fue nuevamente a tomar a Hai, pero de una forma diferente, y de la que podemos aprender mucho; observamos lo siguiente:

  1. Josué procedió por la orden de Dios; en cambio, la primera vez no buscó la dirección del Señor. Si Josué hubiera consultado a Dios, Él le habría dicho que no podían ir contra Hai porque había anatema en Israel y se hubiera evitado la derrota. Siempre es necesario consultar al Señor en oración, y de manera especial cuando vamos a iniciar una empresa.
  2. Tuvieron una estrategia. La primera vez no planearon cómo atacar a Hai. Ahora tenían una buena estrategia, el ejército se dividiría en dos. Un grupo atacaría a Hai, y huirían para fingir que se daban por vencidos. Cuando el ejército de Hai los siguiera, a la orden de Josué, el otro batallón israelí entraría a la ciudad y le prendería fuego. A veces decimos: “Lo hicieron como Dios les dio entender”, para referirnos a una obra en la que no se contó con un plan. Pero deberíamos decir: “lo hicieron a su entender, o sin entendimiento”. Porque cuando el Señor da entendimiento, otorga un plan eficaz.
  3. Josué fue con el ejército. La primera vez, los israelitas fueron sin Josué, pero ahora contaban con su presencia. Él asumió su responsabilidad. Los siervos de Dios debemos esforzarnos por estar presentes en todas las actividades de la Iglesia, ya que, de esta manera, entre otras cosas, motivamos al pueblo del Señor.
  4. Fueron todos los hombres de guerra. En la primera ocasión Josué sólo envió a 3000, ahora fueron todos. Nunca debemos ser confiados o imprudentes, pues podemos tener malos resultados. Hagamos las cosas empleando sabiduría y previsión.

Dios dio la victoria a su pueblo. Fue el Señor quien derrotó a Hai, por ello Josué mantuvo su lanza en dirección a la ciudad, para indicar que Dios estaba con su pueblo. De esta manera el Todopoderoso restauró su gloria. El temor volvió al corazón de los cananeos, ¿cómo leyeron todo lo acontecido? Seguramente que los cananeos pensaban: “Qué sabiduría y poder del Dios de los hebreos”, “Qué estrategia tan inteligente, dejarse vencer la primera vez, y engañar posteriormente”. Así Jehová revindicó su honra.

Querido hermano, si está en anatema, pero se arrepiente de sus pecados, cree Cristo es el único que puede limpiarle, y se lo pide de corazón; el Señor le perdonará, y le dará victoria sobre estos pecados. Además, él restaurará su gloria y Nombre en usted, por eso es necesario acudir cuanto antes ente Dios.

HERMANOS:

El capítulo 8 del libro de Josué tiene un cierre con broche de oro. Después de la victoria contra Hai, Josué cumplió con un mandamiento de Dios. Llevó al pueblo de Israel al norte, al valle de Siquem. 6 tribus se acomodaron sobre el monte Ebal, para decir las maldiciones de la Ley divina. Las otras 6 sobre del monte Gerizim, que estaba al sur, frente al Ebal, allí se repitieron las bendiciones. En el centro, en el estrecho valle, se pusieron los sacerdotes con el arca del pacto para leer la Palabra de Dios. La acústica del lugar hizo que aquello sonara estremecedor.

Si leemos las maldiciones de la ley, encontraremos que nosotros somos merecedores de ellas, porque de una u otra manera hemos quebrantado los mandamientos de Dios. Pero el Señor en su misericordia, mandó que sobre el monte de las maldiciones, se construyera un altar en donde se ofrecieron sacrificios. El mensaje de Dios es el siguiente: “Haz pecado y mereces las maldiciones de mi ley; pero mi Hijo Jesucristo, simbolizado en los sacrificios y en el altar, llevó estas maldiciones por ti, Él las limpió con su sangre derramada en la Cruz. Por medio de Jesucristo, en lugar de maldiciones, haz recibido las bendiciones de la vida eterna, y el privilegio de ser mi hijo”.

Grandes y preciosas son las bendiciones  que tenemos en Jesucristo nuestro Señor, por ello debemos vivir en Santidad y vencer cada batalla contra el pecado, el mundo, la carne y el enemigo. Que el Espíritu Santo siga santificando nuestras vidas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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