Archivos diarios: 9/02/17

Como un niño en calma

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Salmo 131

JEHOVÁ, no se ha envanecido mi corazón, ni mis ojos se enaltecieron; Ni anduve en grandezas, Ni en cosas para mí demasiado sublimes. 

En verdad que me he comportado y he acallado mi alma, Como un niño destetado de su madre: Como un niño destetado está mi alma. 

Espera, oh Israel, en Jehová Desde ahora y para siempre.

Somos responsables de educar a los niños, y al hacerlo nosotros también aprendemos. Cuántas cosas aprendemos de los niños, y muchas de ellas, en situaciones agradables, que nos hacen reír. Por ejemplo, un niño que había leído Génesis 2, y tenía un dolor en su costado, dijo a su madre: “Creo que voy a tener una mujer”. El rey David tomó el ejemplo de un niño para escribir el Salmo 131, que vamos a meditar en este momento.

QUE BUSCA LO PROVECHOSO Y ES HUMILDE.

¿Un niño que busca lo provechoso? Sí los hay. Nuestro Señor Jesucristo, a los 12 años estaba ocupado en los negocios de su Padre. En este salmo, David habla con Dios y le dice que era como un niño bien educado. De esta manera, su corazón no se había envanecido, es decir, que no se había llenado de la soberbia que produce la búsqueda y posesión de las cosas materiales que son vanidad, son vacías.  Si alguien sólo tiene bienes terrenales, no tiene nada. El rey había llenado su corazón de Dios, al ocuparse de la comunión con él; en oración, adoración, y contacto con la Palabra del Señor. Nosotros también debemos hacer esto, buscar primero el reino de Dios y su justicia, lo demás nos será añadido.

David no miró de forma altiva a los demás. Dios le dio el privilegio de ser rey de Israel, pero no por ello David, fue un hombre altivo. Él siempre tuvo presente que todo lo debía a Dios, quien le escogió siendo un pastorcito. Lamentablemente en las iglesias encontramos personas altivas, que piensan que, por tener más dinero, bienes materiales, o más preparación académica que los demás, son mejores o superiores. No es así. Todos somos obra de Dios, y por lo tanto tenemos el mismo valor. No es bueno ser altivos porque el Señor aborrece los ojos altivos, y resiste a los soberbios, Proverbios 6.16,17; 1 Pedro 5.5.

David le dice al Señor que tampoco anduvo en grandezas, ni en cosas demasiado sublimes para él. Con cuanta facilidad muchos cristianos olvidamos nuestra posición. Llegamos a pensar que somos grandes en la iglesia, “grandes predicadores”, “grandes músicos”, “grandes maestros”. Pero en realidad los cristianos, somos hombres miserables, con un Dios grande. Sólo Dios es Grande y digno de suprema alabanza. Debemos tener cuidado de no ocupar el lugar que únicamente corresponde al Señor.

QUE NO HACE BERRINCHE.

El rey David tuvo muchos hijos e hijas. Sabía bien en qué consiste la crianza de los hijos. Conocía la hermosa época cuando nuestros hijos son bebés, y son alimentados con la leche materna, o con biberón. David le dice al Señor que se comportaba como un niño destetado de su madre, ¿por qué?

¿Recuerda el momento cuando destetó a sus hijos? ¿Cómo fue ese momento? Se trata de noches sin dormir, y angustia al escuchar a nuestros hijos llorar con fuerza. Pero una vez que han sido destetados, viene la calma. Este es un paso muy importante para los niños, porque aprenden que pueden amar a su madre no por lo que reciben de ella, sino por el hecho de que es su mami.

Cuando David dice que estaba como un niño destetado de su madre, le está diciendo a Dios que le amaba, no por lo que recibía de él, sino porque Jehová era su Señor. De tal manera que no lloraba, ni hacía berrinche, si Dios, retiraba alguna cosa que le había dado.

Destetamos a nuestros hijos por amor, aunque sufran un poco. Porque sabemos que ha llegado el momento en que ellos disfruten del sabor de las frutas, verduras, y más tarde de las carnes, pan y otros alimentos, que son necesarios para su desarrollo saludable. De igual manera, David sabía, que debía permanecer, como un niño destetado, ya que cuando Dios, retira una bendición, es porque quiere que conozcamos otras cosas hermosas, que ayudarán a nuestro crecimiento espiritual.

UN EJEMPLO MOTIVADOR.

David, un escritor excelente, al escribir salmos, algunas veces habla consigo mismo, como en el Salmo 103. Otras veces comienza hablando al pueblo y luego se dirige a Dios como en el Salmo 23. A partir del versículo 3 de este salmo, David cambia de dirección y comienza a hablar al pueblo de Israel, exhortándolo a confiar siempre en Jehová.

Se ha dicho que el mensaje más elocuente, no es el de las mejores palabras, sino el del testimonio. Qué bueno es, que David podía decir a Israel que confiara en Jehová, con la autoridad que le daba su testimonio; pues el rey fue una persona que siempre confió en Dios. Era como el niño que calma a su hermanito, o compañerito, diciéndole: “tranquilo, todo va a estar bien, mírame puedes estar tranquilo como yo”. Que Dios nos bendiga para que seamos como niños en calma, que contagiemos a los hermanos que comienzan a sentirse angustiados, de forma que ellos también tengan paz, confiando en el Señor.

David llamó al pueblo a confiar en Jehová, y fue específico, no usó otro de los nombres de Dios, sino Jehová. Porque Jehová, significa “YO SOY”, “el que tiene existencia por sí mismo”. A Dios nadie le hizo, por lo tanto, nadie puede destruirle. Siempre ha existido, lo que significa que es el Creador y Sustentador de todo el universo. Y en su creación podemos ver su infinitud en todas sus perfecciones, es: Omnipotente, Omnipresente, Omnisciente. También es amoroso y justo. ¿Cómo no confiar en él? Por todo lo que el Señor es, y en especial por su amor, debemos confiar, esperar como niños en calma en Él, ahora, es decir en este momento, y siempre. Dios nunca nos fallará. El cielo y la tierra pasará, pero nunca su Palabra, ni sus promesas.

HERMANOS:

Cuando nuestros hijos no están en calma, y hacen berrinche, se tiran, lloran, manotean, porque no les damos lo que quieren, o porque les quitamos algo.  Tenemos cuidado de que no se lastimen y los dejamos que se tranquilicen. Luego, cuando ellos se dan cuenta, de que había una muy buena razón en nuestra acción, les decimos: ¿ves que te era mejor lo que tenía para ti?, ¿te das cuenta que no tiene sentido hacer berrinche?

Siempre será bueno para nuestra vida, tomar la actitud del rey David. Aprendamos de los niños lo bueno que nos enseñan.

Jesucristo nuestro Dios y Señor, un día cuando sus discípulos le preguntaron quién es el mayor en el reino de los cielos; llamó a un niño, y le puso en medio de ellos, luego dijo: “De cierto os digo, que si no os volviereis, y fuereis como niños, no entraréis en el reino de los cielos” “Así que, cualquiera que se humillare como este niño, éste es el mayor en reino de los cielos”, Mateo 18.1-4.

Confiar en Dios para avanzar

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“El temor del hombre pondrá lazo:

Mas el que confía en Jehová será levantado”, Proverbios 29.25.

El temor es una emoción de angustia por un riesgo real o imaginario; puede ser producido por la sospecha de un daño futuro.

El temor es bueno cuando nos sirve de mecanismo de cuidado, por ejemplo, cuando, tenemos la atención de cerrar las llaves de gas, por temor a que ocurra un accidente.

Pero el pecado que ha afectado todo nuestro ser, ha hecho que el temor en nuestra vida, degenere y se convierta en un freno para hacer cosas que son buenas, como viajar, o incluso salir de casa. Muchas personas se detienen por temor a que todo acabe mal. Pero la Palabra de Dios nos llama a confiar en Dios para avanzar.

 EL TEMOR ES PARALIZANTE.

Detuvo a Abraham para no vivir su matrimonio en plenitud, Génesis 12.10-16; 20.1-3. Por el temor a morir Abraham le pidió a su esposa que al llegar a Egipto, dijera que era su hermana y no su esposa. Este temor no era imaginario, muchos hombres habían sido asesinados por egipcios para quedarse con su esposa. Lo mismo hizo Abraham en Gerar. Pensemos en lo difícil que fue para Abraham y Sara, tener que vivir aparentando que eran hermanos; sin poder besarse, ni acariciarse. Muchos matrimonios por temor pasan momentos similares, no viven con una entrega total.

Muchos esposos temen dar todo y no recibir lo mismo; temen ser lastimados, si es que al final quedan solos; incluso existe el temor a no tener los recursos suficientes para vivir, y entonces se pasa más tiempo en el trabajo que con el cónyuge, y esto afecta al matrimonio.

Pero es necesario superar este temor y vivir el matrimonio de forma plena. Para que exista un buen matrimonio se requiere que sucedan dos funerales y una boda; los esposos deben morir a sí mismos, y vivir para su cónyuge, sin temor. Si no vivimos de forma plena en el matrimonio, lo exponemos a que ocurra lo que tememos. Un pastor decía: si usted es de los que dicen: “ni todo el amor, ni todo el dinero”, quiero preguntarle: ¿quién le dará el resto a su cónyuge?

Detuvo a Job de disfrutar de la paz, Job. 3.24-26. Job era un hombre a quien no su pastor, ni la sociedad, sino Dios, le describió como perfecto. Job, estaba bien en el área espiritual, tenía una gran familia, era rico, lo tenía todo. ¿De qué podía preocuparse? Sin embargo, este pasaje de las Escrituras, nos revela que en aquellos tiempos de prosperidad, Job llegó a estar intranquilo, por el temor a que todo terminara. Él se preguntaba, ¿algún día esto acabará?, ¿ocurrirá algo malo? Vemos que cuando fue probado, y perdió a sus hijos, hacienda, salud, respeto, dijo: “me ha acontecido lo que temía”.

El temor no permitió a Job tener paz, ni disfrutar de los tiempos de prosperidad. Muchas veces, en especial en las madrugadas, cuando perdemos el sueño, solemos pensar en las cosas que pueden ocurrir en nuestra vida, nos preguntamos, qué pasara: “si enfermo”, “si sucede un accidente”, “si me quedo sin trabajo”, “si los hermanos no me apoyan”. Ante esto es necesario confiar en Dios, como veremos en unos momentos.

Impidió a Pedro seguir su caminata sobre las aguas, Mateo 14.26-32.

Como sabemos, el apóstol Pedro, fue a Jesús sobre las aguas, él caminó sobre el mar de Galilea. Hasta que arreció el viento, y Pedro cambió su mirada del Señor a la tempestad. Entonces comenzó a hundirse, y tuvo que ser rescatado por Jesús.

Cuando llegan las tempestades, cuando nos hallamos en medio de ellas, nuestro corazón se llena de temor. El temor es paralizante. Cuando tememos, nos detenemos, por eso dice el proverbista, que el temor del hombre pondrá lazo. Pero a propósito del testimonio del apóstol Pedro, notemos que en medio de la más terrible tempestad, el secreto para no detenernos, es seguir mirando a Cristo, es decir, mantener nuestra comunión con él. Ya que cuando nos empapamos de la presencia de Dios podemos mirar la tempestad como nada.

Querido hermano, ¿se encuentra paralizado en algo?, ¿se ha detenido porque tiene temor a que las cosas no salgan bien?, ¿Qué podemos hacer?

CONFIAR DE FORMA PRÁCTICA

En la Palabra de Dios, Salmo 23; Isaías 41.10, 43.1,5;

JEHOVÁ es mi pastor; nada me faltará. 

En lugares de delicados pastos me hará yacer: Junto á aguas de reposo me pastoreará. 

Confortará mi alma; Guiárame por sendas de justicia por amor de su nombre. 

Aunque ande en valle de sombra de muerte, No temeré mal alguno; porque tú estarás conmigo: Tu vara y tu cayado me infundirán aliento. 

Aderezarás mesa delante de mí, en presencia de mis angustiadores: Ungiste mi cabeza con aceite: mi copa está rebosando. 

Ciertamente el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida: Y en la casa de Jehová moraré por largos días.

Un hermano dice que podemos encontrar 365 veces en la Palabra de Dios: “No temas”. Lo que significa que hay un: “no tengas miedo”, para cada día del año. Y podemos confiar en las Escrituras, David, nos da testimonio de la fidelidad de Dios. Recordemos que el Señor proveyó siempre todo lo necesario su vida; lo cuidó en todos los combates, él fue hombre de guerra, y no fue herido de manera grave; incluso el Señor le dio alimento en medio de sus enemigos, cuando estuvo entre los filisteos, mientras huía del rey Saúl.

 En el plan perfecto de Dios, Romanos 8.28.

Nosotros no sabemos lo que ocurrirá, pero Dios sí. De tal manera que no debemos angustiarnos por lo que ocurrirá mañana. Dios no será sorprendido, ni dirá: “ahora qué voy hacer”. Mantengamos la paz en nuestro corazón, confiando en que Dios realmente sabe todas las cosas, y que ya anticipó cómo resolverlas.

Además, el Señor tiene un plan perfecto trazado desde la eternidad, de modo que todo lo que sucede está determinado por él, y dirigido para su gloria. Dios ha establecido las cosas que sucederán, y los medios para que se lleven a cabo, nada puede frustrar el plan del Señor. Aun eventos malos, están contemplados en este plan, y dirigidos para la manifestación de su gloria. Por ejemplo: La esclavitud de Israel en Egipto, y la dureza del corazón de Faraón, sirvieron para que el Señor manifestara su poder libertador. La tempestad que sufrieron los discípulos en el mar de Galilea, fue un medio para que conocieran a Cristo como el Dios Omnipotente, que con su Palabra puede calmar el mar más agitado.

El plan de Dios, debe infundirnos paz. San Pablo nos dice que no sabemos lo que sucederá mañana, pero una cosa sí sabemos: “que todo será para bien de nuestras vidas”. Entonces no debemos temer, sino estar tranquilos, lo que ocurra será para bendición de nuestra vida, sin importar lo que acontezca.

En oración, Mateo 26.41.

Otra forma de confiar en Dios es por medio de la Oración. Cuando oramos, es posible que nuestra situación difícil, no sea resuelta de inmediato por el Señor, porque él tiene sus tiempos. Pero seremos fortalecidos. Al orar estamos pasando momentos en la presencia de Dios, y él nos fortalece; entonces el temor ya no nos afecta, pues se topa con un corazón fuerte en el Señor.

La oración también transforma nuestra visión. El temor nubla nuestra visión, de manera que vemos los problemas tan grandes, que sentimos que no hay manera de superarlos. Pero cuando oramos, el Espíritu Santo, nos muestra que tenemos un Dios infinito, y que toda situación es nada ante el Señor. Cuando Goliat, el gigante filisteo, desafió a Israel, el pueblo estaba muerto de miedo, pues estaban enfocados en su gran estatura, y abultados músculos. Pero David, quien era un hombre de oración, lo sabemos porque los salmos que escribió son oraciones; llegó al campo, su vista estaba en nuestro Dios Omnipotente. David vio en el filisteo, a un hombre chaparro y debilucho, que no representaba ningún peligro, ante el poderío de Jehová de los ejércitos.

Por esto nuestro Señor Jesucristo nos manda orar, para no desmayar, para no ceder ante el temor.

HERMANOS:

Vivimos tiempos difíciles y peligrosos. Todos los días ocurren cosas terribles. Pero, no solamente debemos tener paz en nuestro corazón. Sino que debemos avanzar con gozo, haciendo nuestro trabajo secular, y realizando nuestro servicio en nuestra familia e iglesia, sin paralizarnos. Ya que todo lo que sucede es el testimonio de que nuestro Señor está más cerca de venir por nosotros a las nubes. Entonces avancemos con plena confianza y gran gozo en el Señor.

Entrar a la Tierra prometida

“ENTRAR A LA TIERRA PROMETIDA”

De la serie

“YO Y MI CASA SERVIREMOS A JEHOVÁ”

En esta ocasión haremos una reflexión acerca de lo que la Palabra de Dios nos narra en los capítulos tres y cuatro del libro de Josué. Ahí encontramos el sorprendente evento del cruce del río Jordán, para entrar a la tierra prometida.

 AL CRUZAR AL REINO DE DIOS POR MEDIO DE JESUCRISTO, Josué 3.14-16.

Después de cuarenta años de peregrinar en el desierto, Israel estaba punto de entrar a la tierra prometida por Dios. Los israelitas habían asentado su campamento en Sittim, frente a Jericó, de ahí se acercaron al río Jordán, y esperaron tres días. ¿Por qué Dios no introdujo a su pueblo por el sur, sin tener que enfrentar el problema del cruce del rio? Israel necesitaba conocer a Dios. recordemos que el pueblo era una generación nueva; los que salieron de Egipto, habían muerto en el desierto, excepto Josué y Caleb. Ellos habían escuchado de sus padres, que Dios partió las aguas del mar rojo; pero necesitaban tener la experiencia personal del poder de Dios.

Sin duda que todo el pueblo se preguntaba, ¿Cómo cruzaremos el río? En ese momento el Jordán tenía unos 1500 metros de ancho, y una profundidad de dos metros. Era el 10 del primer mes, en el tiempo de la siega, cuando la nieve del monte Líbano comenzaba a derretirse, y el Jordán se volvía caudaloso. Construir un puente, llevaría mucho tiempo, y ¿cómo conseguir los materiales?; ¿hacer balsas?, sería muy complicado cruzar a familias enteras y su ganado. ¿Cómo cruzar el río? Dios ya tenía la respuesta, sería por medio del Arca del Pacto. Aquella caja de madera, forrada de oro, y con una tapa con querubines de oro macizo, que representaba a nuestro Señor Jesucristo.

Los sacerdotes cargando el arca del pacto deberían tomar la delantera, y el pueblo debía seguirles dejando una distancia de un kilómetro. Cuando los sacerdotes pusieron sus pies en las aguas frescas del río, el agua se detuvo a la altura de la ciudad de Adam, a unos 45 kilómetros al norte. Así se formó un camino ancho para que el pueblo formado de unos dos millones, pudiera pasar en seco, sin hacer filas de personas, y sin tener que esperar demasiado. ¿Qué significa esto? Significa que Israel cruzó el Jordán y entró a la tierra prometida por medio de nuestro Señor Jesucristo, tipificado en el arca del pacto; de otra manera hubiera sido imposible.

De igual manera sólo por medio de Jesucristo, podemos cruzar al reino de Dios, únicamente por medio del Señor Jesús podemos ingresar a la familia del Todopoderoso. Cristo es el único medio para ser salvos del pecado y la muerte eterna. No importa cuántas cosas “buenas” haga la gente, sin Cristo están perdidos. Algunas veces nos preguntan si los vecinos que son buenas personas, serán salvos, nos preguntan si Dios tomará en cuenta sus buenas acciones; porque se piensa que deben “entrar al cielo hasta con sus zapatos”. Pero sin Cristo están perdidos. Ya que ninguna obra que hagamos lava los pecados; pues nuestras obras están llenas de maldad y son imperfectas. Solamente la obra redentora perfecta y eficaz de Cristo en su crucifixión y resurrección, puede lavarnos de nuestros pecados, 1 Juan 1.7. Por lo tanto, la única manera de cruzar el río para entrar al reino de Dios, es con arrepentimiento de pecados, y fe Jesucristo como nuestro único Salvador, Juan 14.6.

Por otra parte, todo el servicio y adoración al Señor, es agradable, si es realizado en Cristo. Lo “mejor” que podamos ofrecer de nosotros mismos a Dios, sin Cristo, es como trapo de inmundicia a los ojos de Dios. Pensemos en lo que ocurre en un culto; algunos hermanos se duermen, otros se aburren, hay quienes murmuran si el mensaje se alarga, o si el coro desentonó; no falta el que critica cómo van vestidos los hermanos. Un culto con estas acciones, ¿es agradable a Dios? De nuestra parte no lo es, porque es imperfecto; sin embargo, en Cristo es aceptado por Dios.

Visitar a los hermanos, ayudar, consolar, predicar, servir en el templo, cantar en el coro, es bueno; todos los que hemos cruzado el Jordán debemos servir al Señor. Pero es importante que recordemos que para que este servicio sea agradable a Dios, debe ser en Cristo, es decir, debe surgir de un corazón en el que Jesucristo es su Salvador.

Si todo lo hacemos en y para Cristo, en primer lugar, será para la gloria de Dios, será para la edificación de la iglesia, y tendrá recompensa hermosa de Dios, quien no es injusto para olvidar la obra que hacemos asistiendo a sus santos, Hebreos 6.10.

CON GRATITUD POR LO QUE JESUCRISTO HA HECHO POR NOSOTROS, Josué 4.18-22.

Josué mandó que cada tribu de Israel escogiera a un hombre para llevar una piedra del río. Así que fueron 12 hombres y doce piedras. Seguramente que los hombres seleccionados eran muy fuertes, pues llevarían estas piedras del medio del río hasta Gilgal, cerca de Jericó. Estas piedras fueron colocadas en Gilgal como testimonio de que Dios cruzó a su pueblo en seco por el Jordán.

El corazón del hombre tiende a ser incrédulo, por eso Dios mandó que se realizara este montículo de piedras. Cuando los niños preguntaran acerca se estas piedras, los padres deberían enseñarles que eran el testimonio de que ellos cruzaron el río Jordán en seco. Si algún niño, o adolescente dijo: ¿de verdad papi?, los padres podían mostrar que las piedras eran de río, por su forma redonda y estado pulido por el agua; podemos pensar en aquellos niños tocando las piedras, y diciendo: es verdad papito. Queridos jóvenes podemos creer en Dios, y en las maravillas que nos relata la Palabra de Dios, porque ella es verdadera; pero además porque Dios sigue haciendo milagros. Nuestra salvación es un milagro del Señor; estábamos muertos espiritualmente, y hemos sido resucitados por medio de Jesucristo. Observemos a la iglesia de Cristo, y encontraremos milagros, hermanos que son sanados, problemas que son resueltos, necesidades que son suplidas.

Las piedras en Gilgal, tenían el propósito de que Israel recordara lo que Dios había hecho por él. Nosotros también debemos recordar siempre lo que Dios ha hecho por nosotros, no debemos ser olvidadizos. Jesucristo por medio de sus sufrimientos y muerte vergonzosa en la cruz: nos lavó de nuestros pecados y nos dio vida eterna; nos hizo hijos de Dios, nos dio un lugar en su familia y reino; además nos bendice todos los días. Gracias a Dios no vivimos sin esperanza, ni iremos a aquel lugar de tormento eterno.

Recordar es importante para estar agradecidos, así como para demostrar nuestra gratitud en servicio y adoración. ¿Cómo muestras tu gratitud a Dios? Muchas veces nuestras acciones no reflejan un verdadero agradecimiento al Señor; más bien parece que nos olvidamos de lo que él ha hecho. Llegamos tarde a los cultos, no participamos de forma ferviente; no predicamos el evangelio, no estamos ocupados en un ministerio en la iglesia; no oramos, ni leemos nuestra Biblia como debe ser; no tratamos con amor a los demás.

Pero no podemos seguir así. Querido hermano: Recuerda lo que Cristo hizo por ti, sé agradecido, y tu corazón estará motivado a hacer lo mejor por Cristo y su iglesia.

HERMANOS:

Será muy bueno que nosotros también tomemos piedras para hacer un recordatorio, no en Gilgal sino en nuestros corazones. Escojamos un texto de la Palabra de Dios, o la estrofa de un himno, para poner en la sala de nuestra casa, en la recamara, o en el trabajo; para que nos recuerde lo que el Señor hizo por nosotros.

Cuando nuestros familiares o amigos nos pregunten el significado de esto, les diremos: “Significa que Cristo me cruzó de forma poderosa y  segura a la familia y reino de Dios”.

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