Archivos diarios: 22/04/15

La encomienda de Dios respecto a la mujer.

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1 ENCOMIÉNDOOS empero á Febe nuestra hermana, la cual es diaconisa de la iglesia que está en Cencreas: 2 Que la recibáis en el Señor, como es digno á los santos, y que la ayudéis en cualquiera cosa en que os hubiere menester: porque ella ha ayudado á muchos, y á mí mismo. Romanos 16.

Desde que el hombre cayó en pecado y su naturaleza quedó totalmente en corrupción, ha maltratado a la mujer. Con mucha tristeza vemos que la mujer ha sido tenida en menor valor que el hombre; ha sido marginada; muchas veces golpeada tanto verbal como físicamente. Muchas mujeres han sido víctimas de trata de personas, han sido tratadas como objetos; obligadas a vender sus cuerpos. Muchas de ellas han sido asesinadas.

Es horrendo que los hombres que han hecho estas cosas terribles, son los encargados de cuidar de la mujer: padres, padrastros, familiares, maestros, hermanos, amigos, compañeros.

Pero es más terrible ver lo que esta violencia genera en el corazón de las mujeres. Muchas de ellas llegan a creer que esto es normal, que está bien; piensan incluso que lo merecen. Y aunque muchas veces se les ofrece ayuda no quieren salir de esto. La maldad que han sufrido ha hecho insensible su corazón.

¿Qué esperanza tiene la mujer? ¿Cuál es la respuesta?

Jesucristo es la esperanza de una vida nueva, de una vida maravillosa para la mujer.

Jesús vino a enseñarnos que la mujer tiene el mismo valor que el varón, nos enseñó que la mujer es muy importante en el plan salvador de Dios, de manera que el Señor Jesús vino al mundo por medio de una mujer, María.

Jesús nos muestra la utilidad de la mujer en el reino de Dios, en el hecho de que fue ayudado en su ministerio por mujeres que fueron rescatadas del pecado y la condenación por él: Y Juana, mujer de Chuza, procurador de Herodes, y Susana, y otras muchas que le servían de sus haciendas, Lucas 8.3.

En una ocasión el Señor Jesús rompiendo todos los paradigmas, se acercó a una mujer samaritana. Aunque esta mujer había tenido una vida inmoral; el Señor le habló con respeto y amor, y le salvó de sus pecados. Jesús transformó la vida de la samarita, de manera que pasó de ser una mujer marginada a ser una misionera de Dios, Juan 4.

Así mismo Jesucristo dio a las mujeres el privilegio de ser las primeras en verle después de su resurrección.

En el pasaje de Romanos 16.1,2, el Señor Jesucristo por medio del apóstol Pablo nos hace un encargo, nos manda cuidar y ayudar a las mujeres.

Primero veamos cómo la Palabra de Dios no es un libro machista como algunos ignorantes dicen; sino que dignifica a la mujer.

San Pablo encomendó a la iglesia de Roma que recibiera a Febe. El nombre de la hermana Febe, significa pura, no sabemos mucho de ella. Era de Cencreas, un puerto a unos 5 kilómetros de la ciudad de Corinto.

Pablo da unos calificativos hermosos a Febe. Le llama hermana, con lo cual quiere decir que tanto hombres como mujeres somos hijos de Dios en Cristo, somos hermanos y herederos del reino de Dios; estamos en una posición de igualdad a los ojos del Señor. Le llama diaconisa, es decir servidora, en otras palabras, útil para el reino de Dios. Somos testigos que las mujeres siempre han sido muy trabajadoras en la Iglesia. También se refiere a Febe como santa, es decir apartada por Dios para Dios.

San Pablo pidió a los romanos que ayudaran a Febe, porque ella le había ayudado en la obra misionera. Muchas veces de manera equivocada algunos hombres, incluidos los cristianos piensan que quien debe ayudar es la mujer al hombre, pero no el hombre a la mujer. La Biblia nos enseña que la ayuda es mutua; y que el hombre tiene el deber de servir a la mujer.

Dios nos manda a los varones, como esposos, hijos, hermanos, amigos, o compañeros, cuidar y ayudar a las mujeres. Es importante preguntarnos ¿quién es Febe? Febe es nuestra madre, esposa, hija, hermana, o hermana en Cristo.

¿Qué pasa si no cumplimos? ¿Qué pasa si como hombres en lugar de cuidar de las mujeres las marginamos y maltratamos?

San Pedro escribió a los esposos lo siguiente: Vosotros maridos, semejantemente, habitad con ellas según ciencia, dando honor á la mujer como á vaso más frágil, y como á herederas juntamente de la gracia de la vida; para que vuestras oraciones no sean impedidas, (1 Pedro 3.7). Si no cuidamos de las mujeres, si no cuidamos de Febe, Dios no escuchará nuestras oraciones.

Muchas veces nos preguntamos porque nuestros proyectos o empresas no tienen los resultados que esperábamos. Es posible que sea porque no hemos cuidado de la Febe que Dios puso en nuestra vida.

Como hijos verdaderos de Dios, cuidemos, apoyemos, y amemos en Cristo a las Febe que el Señor nos ha encargado. De manera que podamos entregar buenas cuentas de nuestra administración como varones a Dios; y para que seamos grandemente bendecidos por el Señor.

Sin temor al cruzar el valle de sombra de muerte.

“Sin temor al cruzar el valle de sobra de muerte”.

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 Aunque ande en valle de sombra de muerte, No temeré mal alguno; porque tú estarás conmigo: Tu vara y tu cayado me infundirán aliento. Salmo 23.4.

 Estas palabras escritas por el rey David con la inspiración del Espíritu Santo, hacen alusión al traslado que hacía un pastor de sus ovejas a las montañas. Cuando se terminaban los pastos de las planicies, el pastor llevaba a su rebaño a las alturas de las montañas para disfrutar de pastos nuevos, frescos y nutritivos.

 Para llegar a las montañas, el pastor y sus ovejas, tenían que cruzar valles peligrosos, llenos de animales salvajes como lobos, osos y aun leones; también se exponían a los ladrones, que podían incluso arrebatar la vida del pastor. Por ello David llama a estos valles, de sombra de muerte.

 Sin embargo David había visto que su rebaño le había seguido tranquilo, porque su presencia le daba seguridad. El rey medita en que de la misma manera podemos seguir en paz, sin temor, porque Jehová nuestro Pastor, nos cuida con su vara, y nos guía con su cayado.

 Si aplicamos a nuestra vida esta hermosa porción del Salmo 23, diremos que No habremos de estar para siempre en las planicies de la vida, un día se terminará la estancia para nosotros, cuando nos toque morir. Dios quiere llevarnos a la ciudad celestial. La Palabra de Dios llama al cielo, “La Jerusalem Celestial”; la ciudad que está en el Monte del Señor.

 La ciudad de Dios, es un lugar maravilloso porque se disfruta de la presencia directa del Señor. Además de que allí no hay envejecimiento, enfermedades, ni muerte; por lo tanto no hay dolor, ni lágrimas. Tampoco hay maldad, el pecado no tiene entrada; es un lugar hermoso, seguro y donde se disfrutan de la paz y gozo de una manera plena y eterna.

 Para llegar a la Ciudad Celestial, es necesario pasar por el valle de sombra de muerte. Y Dios nos ofrece cruzar por la muerte sin temor. Realmente podemos hacerlo, si consideramos que el Señor Jesús pasó por la muerte con el propósito de pagar nuestros pecados, y resucitó para ir a prepararnos lugar en la Casa de su Padre Celestial. Él ya cruzó este valle, nos espera allá; pero también nos promete ir con nosotros paso a paso.

 Es importante observar que David llama a este valle: “valle de sombra de muerte”; no le llama valle de muerte; sino valle de sombra de muerte.

 Para entender esto es necesario saber que la Palabra de Dios nos dice que toda persona por ser pecadora debe morir; debe enfrentar la muerte física, que es la separación del alma del cuerpo; y debe experimentar la muerte eterna, que significa la separación para siempre de Dios, en un lugar de tormento, (Romanos 6.23).

 Pero Jesucristo que nos ama tanto vino a pagar nuestros pecados con sus sufrimientos y muerte en la cruz del calvario. Vino a librarnos del poder del pecado y la muerte con su resurrección. Jesús puso fin al poder de la muerte; él le dice a la muerte: “Muerte, yo soy tu muerte”.

 Ahora todo aquel que reconoce sus pecados, se aparta de ellos y cree en Jesús como su Salvador, como el único medio para lavar sus pecados; puede morir físicamente, pero no espiritualmente.

 Los creyentes en Cristo al morir van directa e inmediatamente a la ciudad de Dios. Sus cuerpos se tornan a la tierra; y resucitarán cuando Cristo venga por su Iglesia a las nubes (1 Tesalonicenses 4.13-18); con el propósito de que estemos con el Señor en alma y cuerpo perfectos. Por ello el Señor Jesús dice que el que cree en Él, aunque esté muerto vivirá, (Juan 11.25).

 La muerte para los creyentes, es solamente la sombra de la muerte; la muerte ya no tiene poder sobre nosotros; nuestro Pastor la venció.

 Lo importante ahora, si usted ya cree en Cristo como su Salvador, es que le siga, es decir que viva en comunión con él, en oración, en lectura de la Biblia y en adoración. Jesús dice que sus ovejas oyen su voz y le siguen. Si no es así, hoy dígale a Jesús que perdone sus pecados y que le lave con su sacrificio realizado en la cruz, dígale a Cristo que cree en él como su único y suficiente Salvador. Él le salvará del tormento eterno y le dará un lugar en su reino como hijo de Dios.

 Caminemos siguiendo a nuestro Pastor Jesucristo, hagámoslo sin temor, porque él va al frente, con su vara para protegernos, y con su cayado para guiarnos cuando el enemigo trata de desviarnos por caminos de perdición.

 Sigamos con fidelidad, un día habremos de cruzar el valle de sobra de muerte, y nuestro Señor nos recibirá en sus brazos, en aquella ciudad hermosa.

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