Archivos diarios: 16/12/14

MIRANDO A NUESTRO DIOS.

Salmo 123

 INTRODUCCIÓN:

Ver es una bendición de Dios. La Biblia nos exhorta a mirar a Dios. ¿cómo hacerlo si Dios es Espíritu? El Salmo 123, nos muestra cómo mirar al Señor.

 QUE HABITA EN LOS CIELOS.A TI que habitas en los cielos, Alcé mis ojos”.

 Algunas veces como cristianos cuando nos encontramos con pasajes de la Palabra de Dios como el que dice: “Pedid, y se os dará” (Mateo 7.7); o “Y todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, esto haré” (Juan 14.13); por nuestra naturaleza carnal podemos confundirnos, y pensar que nosotros estamos al mando; que Dios está a nuestras órdenes.

 Pero el Salmo 123 nos ubica, nos recuerda que nosotros somos criaturas que estamos en la tierra; y Dios es el Soberano cuya habitación está en los cielos. Nos dice que al acercarnos a Dios debemos mirar hacia arriba, porque Él es infinitamente superior a nosotros.

 Debemos quitar de nuestra mente la idea de que Dios es como el genio de la lámpara, que esta esperando que le llamemos para conceder nuestras peticiones. Puede ser que nuestra carnalidad desee que Dios sea como el genio; pero si pensamos bien, es maravilloso saber que Dios es quien está al control, y que nos atenderá conforme a su voluntad y no la nuestra. Es bueno saber que el Señor es infinitamente Grande y Poderoso; porque de esta manera podemos poner nuestra confianza en él como nuestro Salvador.

 Si Dios está en los cielos, siempre debemos ser reverentes, y respetuosos ante su presencia; y debemos acercarnos con el reconocimiento de su excelsitud.

 COMO SIERVOS.He aquí como los ojos de los siervos miran á la mano de sus señores, Y como los ojos de la sierva á la mano de su señora; Así nuestros ojos miran á Jehová nuestro Dios, Hasta que haya misericordia de nosotros”.

 Los siervos o esclavos, eran propiedad de su amo; por lo tanto no recibían un salario por su trabajo; de manera que tenían que mirar la mano de su señor, depender de lo que él les diera para comer o vestirse. Nosotros somos siervos de Dios porque fuimos comprados con al sangre de nuestro Señor Jesucristo; al mirar a Dios debemos hacerlo en calidad de siervos.

 Notemos que la Palabra de Dios hace mención de los siervos y la sierva. Porque hombres y mujeres debemos depender de Dios. Los hombres no debemos pensar que dependemos del trabajo o los amigos que nos invitaron a trabajar; las mujeres tampoco deben pensar que dependen de su trabajo o marido para cubrir sus necesidades.

 No son el trabajo, los padres, hijos, o empresas, quienes nos proveen de alimento, vestido, techo o servicios; es Dios quien sustenta nuestras vidas. Por ello en él deben estar puestos nuestros ojos; debemos depender y confiar en que el Señor siempre nos dará las cosas que necesitamos.

 PARA RECIBIR MISERICORDIA.Ten misericordia de nosotros, oh Jehová, ten misericordia de nosotros”.

 Tenemos libertad para pedir a Dios. Aunque también nos dice la Palabra de Dios que no debemos pedir para satisfacer nuestra concupiscencia o naturaleza pecaminosa. Pero podemos orar y rogar a Dios con libertad por cosas que necesitemos. Pero es bueno esperar que el Señor conteste no necesariamente lo que específicamente pedimos, sino que lo haga conforme a su misericordia.

 La misericordia de Dios es su amor, su compasión al hombre. Es mejor que Dios nos conteste de acuerdo a su amor; porque de esta manera las cosas que recibamos serán buenas para nuestras vidas. No debemos enojarnos cuando recibimos algo diferente de lo que pedimos, la misericordia de Dios es mejor.

 Un ejemplo práctico de esto, lo encontramos en el hogar. Nuestros hijos piden muchas cosas; pero por amor a ellos no les damos siempre lo que piden, o no lo hacemos en la forma, cantidad o tiempo en que lo desean. Ellos quisieran comer siempre pizza, hamburguesas, tomar refrescos; no ir a la escuela; pero no accedemos porque les amamos; y entonces les damos lo que sabemos que es bueno para su sano desarrollo.

PARA VENCER EL MENOSPRECIO DE LOS SOBERBIOS. Porque estamos muy hartos de menosprecio. Muy harta está nuestra alma Del escarnio de los holgados, Y del menosprecio de los soberbios”.

 Tal vez cuando niños, fuimos víctimas de menosprecio de los holgados, de los soberbios, es decir de los pudientes. Quizá en navidad no tuvimos juguetes, o tuvimos algunos sencillos; mientras que el vecino nos presumía su bicicleta o su carro a control remoto. Es posible que situaciones así se hayan repetido en muchos momentos de nuestra vida.

 Si estamos mirando a Dios, venceremos el menosprecio de los soberbios. Nos sentimos mal porque nos hacen pensar que somos inferiores porque somos pobres. ¿Pero en realidad somos pobres? ¿Nosotros que tenemos a Dios? ¿pobres cuando tenemos una casa en un lugar con calles de oro; cimientos de piedras preciosas, puertas de perlas, agua cristalina, donde no hay enfermedad, muerte ni llanto? No somos pobres sino ricos en Dios.

Por otra parte si estamos mirando a Dios, seremos librados de ser soberbios y menospreciar a otros. Los hijos de Dios somos bendecidos; y es posible que éstas bondades de Dios inflen nuestro corazón para menospreciar a otros. Han habido casos de “cristianos” que han humillado a hermanos por el hecho de ser de escasos recursos; he escuchado a oficiales de la Iglesia o a sus esposas, llamar a otros hermanos “indios”. Pero si estamos mirando a Dios esto no ocurrirá; porque si le miramos, entenderemos que todo le pertenece al Señor, nada es nuestro, solamente somos administradores; ¿de qué podemos jactarnos, si nada nos pertenece?

 HERMANOS:

Mirar a Dios significa, vivir en comunión con él por medio de la oración, lectura de la Palabra de Dios; y asistencia a su Templo.

Es trabajar, haciendo las cosas lo mejor que podamos pues al Señor honramos.

Es dar a Dios de lo que recibimos de su mano; y compartir sus bendiciones con los necesitados, pues somos mayordomos del Señor.

EL ENAMORAMIENTO DE DIOS.

“Empero he aquí, yo la induciré, y la llevaré al desierto, y hablaré á su corazón”. Oseas 2.14.

 Este es un pasaje muy hermoso de la Palabra de Dios. Nos habla del amor de Dios hacia su pueblo; nos dice que el Señor nos enamorará en el desierto, que allí hablará a nuestro corazón. Analicemos estas Palabras del Señor.

 ES NECESARIO POR NUESTRO ALEJAMIENTO DEL SEÑOR. Oseas 1.1. PALABRA de Jehová que fué á Oseas hijo de Beeri, en días de Ozías, Joathán, Achâz, y Ezechîas, reyes de Judá, y en días de Jeroboam hijo de Joas, rey de Israel”.

 Oseas fue un profeta del reino del norte, de Israel. Su nombre significa salvación. Su ministerio fue entre los años 760-722 a. C. Sabemos esto porque el profeta menciona al principio de su libro los reyes que gobernaban tanto en el reino del sur, Judá; como en su nación, en Israel.

 Si analizamos la historia de ambos reinos en los años del ministerio del profeta Oseas, nos daremos cuenta que fueron años de prosperidad material. Sin embargo esta prosperidad en lugar de acercar al pueblo a Dios, mas bien lo alejó. Muchos Israelitas pensaban que esta bonanza era producto de su trabajo y esfuerzo, se olvidaron del Señor. Otros llegaron a pensar que el crecimiento económico era gracias a los ídolos. Por eso Dios envió al profeta Oseas a Israel para llamar al pueblo al arrepentimiento de sus pecados; porque había crecido materialmente, pero decrecía en su vida espiritual, al apartarse del Señor.

 En vista del alejamiento de Israel, era necesario que el Señor enamorara a su pueblo. Es importante que analicemos nuestra situación, ¿cómo esta nuestra relación con Dios?. Es posible que el bienestar económico nos haya alejado de Dios; que estemos enfocados en las cosas materiales y no en Dios. Que perdamos de vista que lo que poseemos en una bendición de Dios; y atribuyamos las bendiciones a nuestras capacidades o a los que nos rodean. Si esta es nuestra condición, y si somos hijos de Dios; es necesario saber que Él, no dejará que nos perdamos, sino que nos enamorará.

 POR EL AMOR INFINITO DEL SEÑOR. Oseas 3.1,2. Y DIJOME otra vez Jehová: Ve, ama una mujer amada de su compañero, aunque adúltera, como el amor de Jehová para con los hijos de Israel; los cuales miran á dioses ajenos, y aman frascos de vino. Compréla entonces para mí por quince dineros de plata, y un homer y medio de cebada”

 Dios pidió a Oseas que tomara una mujer fornicaria. De esta manera el profeta contrajo matrimonio con Gomer. De acuerdo a lo que leemos en los primeros dos capítulos, ella lo engañó, de manera que sus hijos fueron de fornicación. Posteriormente Gomer abandonó a Oseas, pues pensó que sus amantes eran quienes la sustentaban. Una vez que ellos tomaron lo que querían de ella, la abandonaron, y Gomer, terminó siendo una esclava. El Señor le pidió al profeta que fuera por su esposa; así es que Oseas la compró y la llevó nuevamente al Hogar.

 ¿Qué le diríamos a Oseas si fuera nuestro hijo; hermano, o amigo? Sin duda le diríamos que no fuera por Gomer, que ella no lo merecía. Eso fue lo que sus familiares y amigos le dijeron. Y la respuesta de Oseas fue: “lo hago porque quiero que vean que así es el amor de Dios para con nosotros su pueblo”. Muchas veces Israel había sido infiel; pero Dios lo ama eternamente.

 Oseas nunca se negó a hacer lo que Dios le pidió. Su experiencia fue triste, él derramó muchas lágrimas. El profeta tenía que vivir el mensaje de Dios, para que la predicación fuera poderosa. Dos cosas tenemos que aprender. La primera es que si somos sinceros nos parecemos a Gomer, cuántas veces le hemos fallado al Señor, y él permanece fiel, nos sigue amando; de manera que cuando nos alejamos, Dios nos vuelve a él con amor. En segundo lugar, el Señor permite que pasemos por experiencias difíciles, para prepararnos de manera que sirvamos a otros. Por ejemplo, si nunca hemos padecido una enfermedad delicada, cuando escuchamos de hermanos que se encuentran quebrantados en su salud; generalmente decimos: “vamos a orar”, y tal vez lo hacemos, pero en cierto grado somos indiferentes. Pero cuando hemos pasado por una enfermedad; somos consientes de lo que los hermanos están viviendo, y nos acercamos a ellos, para orar, leer la Palabra, y apoyarles en todo lo que podamos.

 EN EL DESIERTO. Deuteronomio 8.15-18.Que te hizo caminar por un desierto grande y espantoso, de serpientes ardientes, y de escorpiones, y de sed, donde ningún agua había, y él te sacó agua de la roca del pedernal; Que te sustentó con maná en el desierto, comida que tus padres no habían conocido, afligiéndote y probándote, para á la postre hacerte bien; Y digas en tu corazón: Mi poder y la fortaleza de mi mano me han traído esta riqueza. Antes acuérdate de Jehová tu Dios: porque él te da el poder para hacer las riquezas, á fin de confirmar su pacto que juró á tus padres, como en este día”.

 Oseas llevó a Gomer a casa, pero era necesario enamorarla, ¿saben a dónde la llevó para conquistar su corazón?, la llevó al desierto. Un lugar raro para enamorar. Nosotros llevaríamos a una señorita, a un lugar bonito, tal vez a un centro comercial. Oseas nos diría: “estas utilizando una estrategia pésima; si la llevas a un lugar precioso, con muchas cosas, perderás su atención; toma en cuenta que necesitas que ella te escuche, que no se distraiga”.

 Oseas siguió la estrategia de Dios. Cuando el Señor ve que su pueblo se aleja, para enamorarlo, lo lleva al desierto. Así lo hizo con Israel cuando salió de Egipto. En el desierto los israelitas fueron conquistados por el Señor, ya que no tenían cosas que les distrajeran; sus ojos estaban puestos en Dios y sus muestras de amor por medio de sus maravillas.

 Si Dios nos lleva al desierto, es decir, si permite pruebas con enfermedades, problemas, necesidades. No debemos quejarnos, debemos saber que el Señor desea enamorarnos. Nos está bendiciendo, apartando nuestra vista y corazón de las cosas que son vanidad; para que nuestros ojos estén solamente en él. Es en el desierto donde tenemos la bendición de conocer mejor a Dios.

 HERMANOS:

 ¿Por qué quiere Dios enamorarnos?

Porque desea que estemos con él por la eternidad, en su casa celestial.

El amor de Dios se manifiesta en Jesucristo quien vino a darnos vida eterna. Nos toca a nosotros corresponder este amor; decir como el apóstol Juan: “Le amamos porque él nos amó primero”.

Correspondamos al amor de Dios con palabras; por ejemplo cuando oramos, decirle: “Te amo Dios”. Pero también con hechos en nuestra vida diaria; como pueden ser, la adoración fiel en casa y en el templo; el servicio a la Iglesia; y la predicación de su Palabra, es decir hablar a otros del amor de Dios.

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